Querido diario:

No sé cuántas horas he dormido hoy, echando cuentas, más de 18. Es una locura, pero no sé, no debe ser tan raro si a ninguno de las decenas de médicos que me han visto le ha llamado la atención o ha querido saber más del tema.

Supongo que hay gente que duerme mucho, pero desde que nací he dormido poco, y de adulto ha sido muy raro el día en el que dormía 6 horas seguidas. Incluso recuerdo esos meses tan duros en los que no sabía de dónde sacar dinero para pagar las nóminas y no tenía más que para comer arroz; dormía 2 horas al día y estaba funcionando, probablemente funcionando reguleramente, pero funcionando al fin y al cabo.

Durmiendo 20 horas no queda tiempo para mucho más, y contando todas las veces que voy al baño y que me estoy obligando a hacer por lo menos 3 comidas al día por  mucha aversión que le haya cogido a comer, mi vida se ha convertido en una nada continua e infinita como esa que devoraba Fantasia.

Es curioso lo de Fantasia, que no Fantasía, de la Historia Interminable. Es uno de esos datos inútiles que ocupan mi cerebro. ¿Cómo puede ser que recuerde eso y no qué hice ayer?

Datos chorras aparte, me siento como un despojo, un ser inútil. Me comparo con mi yo de antes de caer enfermo, que siempre estaba haciendo mil cosas, que siempre he trabajado a tope, he bailado a tope, he cantado, jugado y reído todo lo que he podido… Me desgarra por dentro. 

Aunque a veces, sí que es cierto que es un pequeño consuelo saber que hasta ahora he aprovechado al máximo. Eso sí, en mi cuaderno de aventuras tengo una lista de pendientes que no puedo dejar escapar si salgo de esta… ¿saldré de esta?

Hoy no te puedo contar más, ya se me cierran los ojos, y eso es señal de que en segundos caeré a plomo.