Hace muchos muchos años, antes de que mis abuelos nacieran, incluso antes de que sus abuelos o los abuelos de sus abuelos… uy, cuánto lío.
Volvamos a empezar:
Hace muchos años, antes de que naciera ningún rey, y antes de que nadie dijera “esto es mío”, en los verdes montes del norte cuidaban de los bosques las anjanas.
Las anjanas vigilaban que nadie se aprovechara de los bosques más de lo que necesitase.
Con ayuda de sus poderes premiaban a los que hacían las cosas bien y castigaban a los que las hacían mal.
Solían vivir cerca de los ríos y casi siempre vigilaban sin que te dieras cuenta. Podían tomar cualquier forma: a veces se hacían pasar por señorucas muy mayores y otras por jovencitas lavanderas, otras por árbol, por loba, por pajarillo o por ardilla. ¡Nunca sabías si una anjana te estaba vigilando!
Lo mejor era (y es) portarse bien en todo momento y tratar a la gente y a los habitantes del bosque con todo el cuidado del mundo. Cómo te gustaría que te tratasen a ti.
En uno de estos bosques, el que se encontraba más cerca de la capital del mundo… porque toda la gente sabe que la capital del mundo está entre los verdes montes del norte… aunque eso es otra historia para ser contada en otro momento.
En uno de estos bosques, entre unas rocas salía agua como si fuera magia.
Ese agua o esa magia formaban un río al que las personas le han dado muchos nombres y ahora mismo lo llaman Asón.
En ese bosque, cerca de esas rocas y de ese agua que formaba un río bajando tranquilamente por la pared de la montaña, había una cueva en la que vivían dos anjanas hermanas.
Quien no las conociera diría que eran idénticas salvo porque una tenía el pelo dorado y la otra plateado.
La gente de la zona las llamaban la hermana rubia y la hermana blanca y, como sí las conocían, sabían que los castigos más ingeniosos y divertidos se le ocurrían a la hermana blanca.
La rubia era un poco más seria y sus castigos y premios no eran tan imaginativos pero tampoco tan pesados.
Por eso, cuando alguien les hacía la puñeta siempre respondían con un “¡que te castigue la hermana blanca!”, mientras que si eran ellos los que habían hecho alguna cosa reguleramente pedían perdón a la hermana rubia.
Por ejemplo, a un mozo que no se había comportado muy bien en la última feria de la capital del mundo, cuando llegó la siguiente y se fue a poner el traje de las ferias se encontró con que tenía las mangas de la chaqueta cosidas a los laterales, así que tenía que elegir entre pasar frío o no mover los brazos.
Sin embargo, a un pastorcillo que nunca se levantaba a su hora para ir a atender a los animales, la hermana rubia le despertaba dándole un grito sin más, pero seguía quedándose dormido casi todos los días, hasta que un día la hermana blanca se lo llevó dormido como estaba y sin más lo tiró al río que estaba helado. Del susto que se llevó, empezó a levantarse con el primer susurro que escuchaba, no fuera a venir la hermana blanca para tirarlo de nuevo al río.
Ahora bien, la hermana blanca, tan creativa como era, a veces dejaba volar su imaginación y hacía algunas trastadas que a los que las sufrían les parecían muy pesadas y ella se reía mucho cuando veía como se enfurruñaban.
Lo mismo le daba por despertar a los gallos por la noche para que empezasen a cantar, como ataba a las vacas por el rabo y luego era un lío tratar de soltarlas.
A veces tapaba las chimeneas para que se llenase todo de humo, o cambiaba los caminos para que fuesen en dirección contraria y te perdieras un rato antes de volver de nuevo al principio.
Así que la gente, aunque le pedían ayuda para que les defendiera, también se enfadaba cuando les tocaba sufrirla.
Su hermana la regañaba, le decía que no podía gastar bromas tan pesadas, que una cosa era castigar a la gente, pero otra hacer que se acordasen de ella para siempre.
Sin embargo la hermana blanca siempre le contestaba que era mejor una buena broma pesada y que aprendieran la lección de golpe y porrazo, que tener que estar repitiéndoles las cosas sin que hicieran caso.
Una noche, para que probase de su propia medicina, la hermana rubia decidió gastarle a su hermana una broma digna de ella.
La cogió mientras dormía y se la llevó a las piedras donde nacía el río y allí dijo un conjuro que la convertiría en piedra tapando un poco el agujero por el que salía el agua, haciendo que saliese más fuerte y así su hermana notase la molestia.
Igual que cuando tapas con la mano un grifo y un chorro te da fuerte en la cara.
El conjuro convirtió toda su carne y sus huesos en piedra, pero no el pelo que añadido a la fuerza del agua, salió disparado por la ladera de la montaña y formó una cascada plateada por cuyos cabellos goteaba el agua.
Cuando se corrió la voz, algunos inocentes intentaron conseguir la plata de su cabello, pero en cuanto lo tocaban con las manos se convertía en agua, así que enseguida los vecinos la comenzaron a llamar Cailagua, porque agua era lo único que caía, y cuando veían un visitante encaminarse allí le seguían de cerca para reirse viendo como intentaba conseguir la plata del cabello de la hermana blanca.
Tras unos meses, que en tiempo de anjana no es tanto ya que ellas viven muchísimas vidas de humanos, la hermana rubia se dispuso a sacar a su hermana de aquel tormento de no poder moverse mientras el agua chocaba contra ella.
Sin embargo, se asustó al estar junto a su hermana convertida en piedra. No conseguía recordar el conjuro de desencantamiento ¡qué horror!
Probó con todos los conjuntos, palabras mágicas, refranes, rimas… todo lo que se le venía a la mente lo probaba, pero su hermana seguía siendo de piedra.
Muy apenada se fue a su cueva sin poder parar de llorar y sin saber qué hacer.
Todas las personas del valle oían sus lamentos desconsolados y aunque normalmente nadie se atrevía a acercarse a la cueva de las anjanas por miedo a enfadarlas, una señoruca de esas tan ancianas a las que todo les puede dar igual porque ya han vivido tanto que no le tienen miedo a nada se acercó a ver qué ocurría.
Tras un buen rato de intentar descifrar las palabras ahogadas por el llanto de la anjana, la señoruca consiguió por fin entender lo que había ocurrido.
- Ay hija, buena la has preparado, no me extraña que llores tanto. Lo que pasa es que la pena te debe de estar atontando así que suenate y párate a pensar, porque estoy segura de que si yo sé dónde puedes encontrar la solución, tú que has vivido muchas más vidas que yo también tienes que conocer la respuesta.
La anjana tomó el pañueluco que la anciana le acercaba y la intriga hizo que su llanto se parara casi en seco. Miraba a la señoruca con una cara interrogativa que descubría una duda enorme… ¿a qué demonios se estaba refiriendo esa paisana?
- No me mires con esa cara, hija. Brenavinto, en Brenavinto tiene que estar por fuerza la respuesta.
¡Claro! ¡Eso era! Rapidamente se puso en pie llena de esperanza y alegría, y entre exclamaciones llenó de besos y bendiciones a la anciana a la que incluso ofreció volverla joven de nuevo, aunque la anciana lo rechazó.
- Gracias, pero no querida. Yo ya he vivido lo mío, he tenido una buena vida hasta que mi Laro se murió, y ahora es el turno de nuestros hijos y nuestros nietos, son ellos los que tienen que vivir ahora. Tú marcha cuanto antes, que ya sabes lo difícil que es encontrar el lago, y pierde cuidado que mientras tú no estés todos los del valle nos encargaremos de cuidar del bosque y de tu hermana. Nunca dejaremos que les hagan daño.
La anciana tenía razón, el lago de Brenavinto era un lago mágico que tan pronto aparecía como desaparecía, así que era difícil de encontrar porque si te despistabas pasabas por el sitio en el momento en el que no estaba y a tus espaldas reaparecía casi como haciéndote burla.
Todo este follón con el lago era porque en el fondo del lago hay un palacio.
En ese palacio se encuentra la mayor biblioteca que el mundo haya visto o verá en su historia.
Más que la antigua biblioteca de Alejandría que se quemó por culpa de los hombres, e incluso más que esa Internet que llegaría dentro de muchos cientos de años.
En Brenavinto están todos los libros que se han escrito y todos los que están por escribir, así que allí se fue la hermana rubia para buscar, entre todas las palabras escritas en todos los libros durante todos los tiempos, las palabras mágicas que sacasen a su hermana del encantamiento.
Hasta hoy por lo menos, no las ha encontrado y cuando aparece el lago de Brenavinto, si se mira con atención al fondo, se puede ver a la hermana rubia por una de las ventanas de palacio rodeada de montones de libros.
La anciana contó a sus vecinos lo que había pasado y entre todos se encargaron que siempre se protegiera el bosque y a la hermana blanca cuya melena sigue lanzando el agua desde lo alto de la montaña.
Puede incluso, que no haya encontrado las palabras porque aún nadie las haya escrito en un libro.
Quizá si tú que lo lees pruebas a ayudarla, consiga liberar a su hermana. ¿Cuáles crees que pueden ser las palabras que liberen a la hermana blanca? Escríbelas aquí, quizá tengas suerte y, si lo logras ten por seguro que las hermanas te premiarán y te darán muchos regalos.