Ahí estaba, haciendo una raíz cuadrada con lápiz y papel para un puesto de programación. ¡Un sinsentido!
Había visto la oferta por casualidad, sin estar buscando nada en concreto, y el trabajo era temporal pero supondría un cambio de aires, que era algo que necesitaba mucho porque en su puesto actual había demasiada burocracia y demasiados jefes, lo que le causaba mucho estrés.
Lo que no se esperaba era lo que se encontró. La regla general, lo más corriente, era encontrarse con que el 90% de los candidatos, o al menos los que llegaban a las pruebas, eran hombres y sólo ella como mujer. Sin embargo en esta ocasión había dado con la rara avis de que hubiese un número igual de hombres y mujeres y sólo eso hacía que valiese la pena intentar hacer bien la prueba a pesar de lo surrealista que era.
Tras hacer un montón de operaciones matemáticas que nunca se le ocurriría hacer a mano, de hacer dibujos técnicos, se encontró lo más raro de todo en el último ejercicio, era una pregunta de desarrollo que tenías que contestar justo en doscientas palabras. Ni ciento noventa y nueve, ni doscientas una. Exactamente doscientas.
