– ¡VIVIMOS EN UN PERMANENTE DELIRIO! – Gritaba el sombrerero mientras bailaba con un aro en su cintura y sostenía una taza de té en la punta del pie.
– ¿Del río? De eso me río, allá habrá ostras o algún que otro tentempié ¿verdad amigo carpintero? – Le espetó la morsa mientras se afilaba los bigotes con las puntas de los dedos.
– Bueno, señor morsa, la última vez que planeé con usted para hacer un tentempié, no me salió nada bien ¡ni una sóla ostra probé!
– Pero mi querido amigo, ¿aún dándole vueltas a aquel terrible malentendido? No sea rencoroso y pasemos a otro papel.
Entre todos ellos, un conejo blanco corría como loco sin parar de mirar el reloj. Un gato aparecía y desaparecía de lo alto de los árboles, las flores parecía que cantaban, y unas cartas caían como fichas de dominó.
De Repente todo paró. Ni un susurro se movía. La niña se acercó a la caja y la dió cuerda y cuerda y cuerda… hasta que no pudo más, y al soltar la manecilla todo volvió a empezar.
