La burla como herramienta para el igualitarismo

En el cine y la televisión es habitual ver las sociedades primivitivas ilustradas como aquellas en las que reina el más fuerte. El más poderoso es el que manda y al que todo el mundo sigue. Sin embargo, las pruebas que tenemos a día de hoy no avalan que eso sea así.

En los yacimientos pre-neolíticos europeos, que son los de los cazadores-recolectores que se dieron antes de la agricultura y la acumulación, todas las tumbas son bastante similares sin constar grandes distinciones entre unos y otros muertos como suele pasar en las sociedades jerárquicas.

Además, algunas de las sociedades «poco avanzadas» (según cánones de civilización de occidente) que han llegado hasta nuestros días como sociedades de cazadores-recolectores, que han sido estudiadas como ejemplos de cómo se viviría en la prehistoria, nos enseñan que esto no es así. Toman las decisiones por consenso, se reparte la caza y la comida entre todos sus miembros, y si alguien acumula prestigio o riqueza le «bajan los humos» con burlas.

Entre cazadores-recolectores se valora mucho la cooperación porque de ella depende la supervivencia. El prestigio se gana compartiendo, no dominando. Un buen cazador no se engrandece: reparte carne y a menudo finge modestia para no romper la igualdad.

De este modo, se usa la burla, la crítica abierta y la ridiculización como una herramienta de control social.

Por ejemplo, entre los !Kung San del Kalahari, que mantuvieron su estilo de vida semi-nómada hasta 1970, si un cazador lograba una gran presa que proveyese abundancia a la tribu, los otros miembros harían mofa diciendo que no era para tanto, que la presa era un saco de huesos.

Un mecanismo similar se observó entre los Inuit del ártico, que cuando alguien se volvía arrogante o egoísta se hacía mofa de él, y si persistía en su actitud se podía llegar a ignorarle y hacer el vacío hasta que volviese a ser un miembro humilde de la comunidad.

Estas dinámicas se repiten en distintas sociedades tribales de las que han llegado «intactas» a la edad moderna. Y aunque no todas sean así, demuestran que se puede vivir en comunidad sin necesidad de jefes, sin necesidad de imponer un estado que controle y rija imponiéndose por la fuerza.

Quizás, a día de hoy deberíamos apostar más como sociedad por los Ignatius que hacen mofa de Amancios, que por los políticos que buscan militarizar las ciudades.

Incendia el mundo

A veces nos venden la idea de que para cambiar el mundo hay que ser un político de primera fila, un millonario filántropo o un genio visionario con sede en Silicon Valley. Pues no. A veces basta con una persona corriente, con sus rarezas y sus contradicciones, que se planta y hace lo que cree justo.

Mira si no a José María Arrizmendiarreta. Chemari para los amigos, supondremos. Un cura. Sí, un cura. Yo, ateo y apóstata, fijándome en un cura, porque ni todos los ateos son buenos, ni todos los curas son pederastas.

Chemari estaba estudiando para sacerdote cuando estalló la Guerra Civil. Y en vez de bendecir fusiles, se alistó con los republicanos para defender a su gente. Luego vino el desastre, el PNV pactando su rendición en Santoña, los franquistas rompiendo la palabra dada y Chemari detenido. Algunos dicen que lo sentenciaron a muerte, otros que no… El caso es que se libró.

Tras la guerra, terminó de estudiar y lo enviaron a Mondragón. Año 41, posguerra dura, fábricas humeando, paro, hambre y un pueblo entero intentando sobrevivir. Allí, en medio del gris, Chemari se puso manos a la obra. Fundó escuelas para aprendices e ingenieros, tejió asociaciones, sembró ideas. Y de esas aulas salió un grupo de chavales que en 1956, con su apoyo y empuje, montaron Talleres ULGOR.

¿Que no te suena ULGOR? Espera. Esa fue la primera cooperativa de lo que hoy es el Grupo Mondragón: la mayor cooperativa industrial del mundo, más de 70.000 trabajadores-socios, donde el sueldo más alto no puede ser más de 10 veces el más bajo, y buena parte de los beneficios se reinvierten en la comunidad. Eroski, Kutxa, Fagor… sí, esa Fagor que igual está grabada en el microondas de tu cocina y que no es más que la marca que registraron los coperativistas de ULGOR.

Todo eso empezó porque un cura, al que por poco fusilan, decidió que otro modo de hacer las cosas era posible. Y no se quedó en decirlo: lo hizo.

La moraleja es clara: lo poco que hagas hoy, aunque parezca ridículo, puede ser un terremoto dentro de unos años. El mundo no lo cambian los superhéroes de película, sino las pequeñas acciones repetidas con cabezonería.

Así que deja de esperar al momento perfecto. Siembra ahora. Lo que plantes hoy puede ser, mañana, una revolución.