5. Pablo
Estaba de litros con los colegas, donde la pista de Cortiguera. Siempre vamos ahí a calentar porque los turistas de sábado noche, como los llamamos, van a la playa y atraen a toda la poli, así podemos estar a nuestro rollo. Luego ya nos vamos para la zona cuando están todas borrachas a ver qué podemos pescar
Estábamos jugando un “quinito hablado”, se dicen las cosas que llevamos en la maleta y el que falla tiene que beber. Así pasábamos el rato y echábamos unas risas. Justo era mi turno y empecé a repetir lo que había dicho Jorge, que iba antes que yo: —En mi maleta llevo un peine para calvos, un lindo gatito, a Piolín, la jaula de Piolín… y una tía buena que se está acercando. —Ja, ja, esa sí que es buena— dijo Berto. Cuando le señalé a la chica que venía hacia nosotros descalza y con un Libro en las manos, se quedó con la boca abierta.
6. Deva
¡Por fin encontré gente! No entiendo por qué hay tantas luces si no las usa nadie, y ¡hay que ver qué casas!, enormes y parecían todas de piedra, algo debía haber pasado en el pueblo que les convirtió en ricos.
Según me fui acercando, todos me iban mirando poniendo cara rara. Eran todos mozucos, y vestían de los colores más llamativos, como si fueran juglares que quieren llamar la atención ante un público inexistente. El que estaba frente a mí vestía de rojo arriba y abajo llevaba un pantalón como de pintitas azules y blancas. No debía tener quien le zurciera, pues lucía un roto en la rodilla, quizá ¿de tanto arrodillarse ante su señor? ¿Quién sabe?
—Hola— les dije —¿Podrían vuestras mercedes ser tan amables de indicarme el día y la hora?—
“Sin zurcir” se acercó corriendo apartando a los demás.
—¡Hola, hola, hola! Soy Pablo y son…— sacó una piedra negra y reluciente del pantalón —las once y veinte—. ¡Era un reloj de bolsillo! ¡Menuda maravilla! Me gustaría saber más, pero no era el momento. No me había dicho la fecha, no obstante pensé que mejor no insistir.
—Encantada, soy Deva— dije haciendo una pequeña reverencia con mi vestido sucio.
—Estoy un poco desorientada, ¿podríais indicarme el camino al río para asearme?— “y para orientarme y saber llegar a mi antigua casa, quizá allí encuentre alguna respuesta” pensé.
—Tranquila, nunca un de la Vega ha dejado sin ayudar a una dama en apuros.— si él supiera…—Te puedo llevar en mi carro— dijo Pablo y levantando una mano se encendieron unas luces detrás de él en otro objeto reluciente pero más grande.
Acepté agradecida y al acercarme, tocó la cosa y se abrió una especie de puerta a su interior. Siguiendo sus indicaciones pasé y vi que todo era negro y oscuro… desde luego eso no era un “carro” y no había animales cerca ni dónde engancharlos.
Oí que comentaba algo con sus amigos, tras lo cual abrió el otro lado y se subió junto a mí.
El carro no tendría caballos, pero cuando se movía parecía que tuviese una cuadra entera en la parte delantera.
Hizo algo con las manos y comenzó a sonar una música muy alta y no entendía lo que decían las voces, así que le pedí que lo apagase, que prefería oir la calle.—A sus órdenes— me contestó, e hizo que la musica se parase y que las ventanas desapareciesen. Ese carro usaba un tipo de magia que no salía en el Libro.
El aire traía olor a boñiga y se escuchaba el ruido del mar, seguro que cerca había vacas. Mientras me encaminaba a las luces me crucé por algunos praos con montones de vacas… esta gente debía ser increíblemente rica.
—Esta es la zona— me dijo al girar su carro y llegar a una calle atestada de gente, letras luminosas en los edificios, chicas con faldas que apenas les tapaban el sexo, más carros como en el que íbamos, música, gritos, ¡una pelea! se ve que la gente ebria actúa igual, no importa el momento.
Tras pasar “la zona” dimos un par de giros más y paramos —Ya hemos llegado, bienvenida a mi casa— Me quedé con la boca abierta, era un edificio enorme de “5, 6, 7 ¡Siete alturas tiene!”. Tras salir del carro me invitó a pasar por una entrada de mármol blanco que tenía un espejo enorme, era algo digno de los más grandes palacios.
Al mirar mi reflejo vi mi cara, mis pies y mis manos cubiertas de barro, “espero que tenga un pozo, porque voy a necesitar mucha agua” pensé.
Me invitó a pasar a una habitación muy pequeña, sobretodo comparada con esa entrada monumental. La puerta era corredera y se cerró sin que nadie tirase de ella. De repente noté una sensación extraña en el estómago y un mareo tal que me agarré a él. —¿No te gustan los ascensores? Luego bajaremos por las escaleras mejor.
Al pararse la sensación se abrió la puerta de nuevo y nos encontramos ante tres puertas en lugar del mármol blanco “¿Qué tipo de magia es esta?”. Él abrió una y me dijo con una sonrisa de oreja a oreja —Bienvenida a mi humilde hogar— mientras todo se iluminaba como si esas palabras hubiesen sido un hechizo. Estaba claro que su concepto de humilde y el mio no eran el mismo.
—¿Quieres tomar algo?
—Sí, un poco de agua, por favor.
—Tengo cerveza, vino, vodka, whisky, ron…
—Agua sólo, gracias.
En ese momento tomó un vaso ¡de cristal! y lo acercó a un sitio que empezó a echar agua. ¡Tenía una fuente en mitad de su casa!