Si obviamos temas concretos, como ese Demolición de los Saicos (Lima, 1965), la escena punk tomó forma como un ente con definición propia a mitad de los 70.
En abril del 76, los Ramones publicaban en Nueva York un álbum «sin nombre» que en 29’16” escupía 14 temas que no podían hacer otra cosa que ser directos e ir al grano.
Casi un año y medio después (un día más tarde), en la otra costa del Atlántico, los Sex Pistols repetían una fórmula similar con su «Never Mind the Bollocks, here’s the Sex Pistols», traducible al castellano como «A la mierda las tonterías, llegan los Sex Pistols». Este lanzamiento de 12 temas en 38’45” reafirmaba un estilo que ya era global.
Más allá de su estética, que nunca ha llegado a desaparecer en algunas escenas pero que actualmente parece volverse una moda mainstream, el punk acostumbra a ser directo, reivindicativo y contrario al establishment que oprime con sus normas impuestas (legales y sociales). Temas rápidos y sin florituras, en muchos casos propiciados por la falta de conocimientos musicales, eran expuestos con una energía y crudeza en la que no se adornaban ni siquiera los ritmos o las letras, que decían lo que tenían que decir.
Posteriormente, se fueron subiendo al carro otros grupos que, sabiendo mucho de música, pudieron permitirse el uso de metáforas o la fusión con otros estilos más establecidos en algunos lugares, como el reggae o su precursor el ska. Demostrando que el punk era un estilo que recorría todo el globo terráqueo y se había hecho un espacio de pleno derecho representando las frustraciones de toda una generación de manera global.
