Escuchamos pero no juzgamos

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«Escuchamos pero no juzgamos» ese era el mantra que se repetía constantemente en el grupo de ayuda pero, al menos para mí, era imposible no juzgar, vamos, no me jodas.

Había un gordo que pesaría más de 150 kilos el muy cabrón. Se desbordaba por los lados de la silla que misteriosamente soportaba el exceso de peso sólo arqueando un poco sus patas. Contaba como cada día caía y acababa con toda la comida basura que tenía en la despensa y que el repartidor del super se encargaba amablemente de reponer. Ese maldito gordo no tenía un ápice de autocontrol, ni de amor propio. ¡Por Dios santo! Debería hacerle un favor y coserle la boca para que no pudiera deglutir nada más en su vida. El maldito vago tendría que vivir encadenado a una cinta de correr para quemar todo el exceso de grasa que le supuraba por los poros.

¿Y qué me dices de la vieja y fea que lloraba por no poder parar de masturbarse pensando en el marido de su mejor amiga? «Escuchamos pero no juzgamos». ¿Es en serio? Si no se hubiera pasado la vida pensando en sus malditos gatos tal vez podría haber encontrado un buen hombre, que hay muchos españoles que se tienen que casar con perupas por no encontrar buenas mujeres de aquí.

«Escuchamos pero no juzgamos». Valiente tontería. Y pensar que el estúpido del juez me haya obligado a perder el tiempo en esta tontería para evitarme pagar la multa. ¡Guapo va si pensaba el muy imbécil que iba a darle un sólo céntimo para que el Perro Sánchez se lo gaste en el Falcon!

Yo sí que habría sido un buen juez, aprovecharía para meter un buen paquete a todos esos perroflautas filoetarras que hay siempre en la terraza del Reynolds, que ni una cerveza a gusto se puede tomar ya uno.

La próxima semana me van a escuchar pero bien toda esa panda de desgraciados hippies ¡y que juzguen si quieren! A ver si me voy a tener que avergonzar yo por haberle puesto un ojo morado a la muy puta. ¡Si no le gustan los clientes españoles que se quede en su país a morirse de hambre! Yo pago y tengo mis derechos. Agradecida debería de estar de tener un cliente guapo como yo.

Lobo

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Allende los horizontes que se pueden observar desde la montaña más alta, había un lobo de mar que vivía cómodamente en su batiscafo.

Este no era muy grande ¡pero tenía de todo! Era una obra de ingeniería que nada tenía que envidiar al Nautilus: tenía un suelo que se podía quitar para salir a pasear con una escafandra, una cocina robotizada que preparaba las más ricas ensaladas de algas que hayas podido imaginar, sauna con hidromasaje y una cama con una ventanita a la altura de la almohada que dejaba contar los peces que pasaban cuando el sueño no llegaba.

Casi siempre estaba en la mar pero de vez en cuando se acercaba a una pequeña isla tan lejos de todo que no aparecía en ningún mapa, dónde una amiga suya farera mantenía el foco encendido por si algún barco perdido necesitaba un momento para encontrarse y corregir el rumbo. Él se acercaba por la superficie dejando que las olas acariciasen el casco mientras hacía sonar la sirena para que ella supiera que llegaba ¡Auuuua, auuuuua!

Una vez en la isla se daban un fuerte abrazo con sonrisas tan grandes que casi no les cabían en la cara y pasaban la noche compartiendo un vino, historias y canciones que alegraban el espíritu incluso cuando las letras parecían amargas.

Un día el lobo de mar estaba despistado pescando con su aparejo a través del agujero del suelo mientras el batiscafo avanzaba al ralentí, cuando de repente… ¡clong! El lobo de mar pegó un respingo del susto y fue corriendo al control a ver qué había pasado. ¡Horror! Había chocado contra un tridente clavado en el suelo, y por el lecho marino sólo había alguien con un tridente: ¡Poseidón el rey de todos los mares!

Tras una roca apareció Poseidón, colocándose el tupé que se le había chafado mientras roncaba y giraba de lado a lado. Al ver lo ocurrido gritó: ¿Pero qué has hecho maldito inepto?

No quiso oír las excusas del lobo de mar ni sus ofrecimientos para reparar el tridente doblado, pues como casi todo rey era algo cretino y muy poco le importaba lo que pudiera decir un pequeño mindundi sin importancia.

Por hacer corta la historia, sabed que Poseidón desterró al lobo de mar de todos los mares y de una patada mandó el batiscafo a un bosque lejano donde el lobo de mar se tuvo que convertir en un lobo de tierra y a partir de él se crearon todos los lobos de gran sonrisa que corren por los montes y bosques, y que al ver la luna en el cielo creen que es la luz de la farera y la gritan: ¡Auuu, auuu! Para que sepa que están en camino y vaya poniendo la mesa y sacando el vino.