El ministerio del futuro – Kim Stanley Robinson

Vive como si ya hubieras muerto

Hacía tiempo que no encontraba un libro que me dijera algo. Todos era un «ni fu ni fa» que no me llamaban la atención para nada. Todos hasta que llegó El ministerio del futuro.

Este libro no cuenta una historia al uso. Cuenta la historia del planeta, la historia de una revolución. Cuenta la historia de cómo la humanidad tiene que intentar terraformar la propia tierra para poder convivir con ella.

En su caso ya había perdido la esperanza de volver a ser un tipo corriente, de llevar una vida normal, de que no le hubiera pasado lo que le había pasado, de olvidarlo todo. Las terapias le habían enseñado a renunciar a esas esperanzas. Ahora tenía que depositar sus esperanzas en cosas como hacer el bien, por muy jodido que estuviera.

He de reconocer que el libro en sí está escrito reguleramente, pero no es algo horrible. Intercala capítulos narrativos con otros ensayísticos e incluso algunos poéticos en los que el narrador es el mercado o un fotón.

Los capítulos narrativos se centran sobretodo en un pequeño grupo de personas relacionadas con un ministerio de la ONU que se encarga de defender el futuro (para que lo haya) ante los ricos y poderosos.

Las tres personas más ricas del mundo acumulan más riqueza que la suma del PIB de los cuarenta y ocho países más pobres; el 1% más rico de la humanidad tiene más que el 70% más pobre.

Mientras, los capítulos que son más propios de un ensayo, arrojan un montón de datos de esos que te vuelan la cabeza una vez que los ves escritos negro sobre blanco.

El libro es una utopía solarpunk y como tal cree en la posibilidad de cambio, en que el mundo todavía se puede arreglar, aunque para ello hará falta una revolución radical que dinamite las bases del sistema.

Es incorrecto obedecer órdenes incorrectas.

Lo descubrí por una mención que hacen a él en el cómic «Cómo los ricos saquean el planeta y cómo impedírselo» que es un gran y sencillo acercamiento a la realidad climática y a qué podemos hacer para cambiarla.

Ambos títulos me parecen muy recomendables por ser de tremenda actualidad, estar bien documentados con sus referencias a datos y estudios, y facilitar la comprensión de un problema que es tremendamente complejo y difícil de abordar.

¡Inventen el poscapitalismo! El mundo lo necesita, es imprescindible para la supervivencia.

Incendia el mundo

A veces nos venden la idea de que para cambiar el mundo hay que ser un político de primera fila, un millonario filántropo o un genio visionario con sede en Silicon Valley. Pues no. A veces basta con una persona corriente, con sus rarezas y sus contradicciones, que se planta y hace lo que cree justo.

Mira si no a José María Arrizmendiarreta. Chemari para los amigos, supondremos. Un cura. Sí, un cura. Yo, ateo y apóstata, fijándome en un cura, porque ni todos los ateos son buenos, ni todos los curas son pederastas.

Chemari estaba estudiando para sacerdote cuando estalló la Guerra Civil. Y en vez de bendecir fusiles, se alistó con los republicanos para defender a su gente. Luego vino el desastre, el PNV pactando su rendición en Santoña, los franquistas rompiendo la palabra dada y Chemari detenido. Algunos dicen que lo sentenciaron a muerte, otros que no… El caso es que se libró.

Tras la guerra, terminó de estudiar y lo enviaron a Mondragón. Año 41, posguerra dura, fábricas humeando, paro, hambre y un pueblo entero intentando sobrevivir. Allí, en medio del gris, Chemari se puso manos a la obra. Fundó escuelas para aprendices e ingenieros, tejió asociaciones, sembró ideas. Y de esas aulas salió un grupo de chavales que en 1956, con su apoyo y empuje, montaron Talleres ULGOR.

¿Que no te suena ULGOR? Espera. Esa fue la primera cooperativa de lo que hoy es el Grupo Mondragón: la mayor cooperativa industrial del mundo, más de 70.000 trabajadores-socios, donde el sueldo más alto no puede ser más de 10 veces el más bajo, y buena parte de los beneficios se reinvierten en la comunidad. Eroski, Kutxa, Fagor… sí, esa Fagor que igual está grabada en el microondas de tu cocina y que no es más que la marca que registraron los coperativistas de ULGOR.

Todo eso empezó porque un cura, al que por poco fusilan, decidió que otro modo de hacer las cosas era posible. Y no se quedó en decirlo: lo hizo.

La moraleja es clara: lo poco que hagas hoy, aunque parezca ridículo, puede ser un terremoto dentro de unos años. El mundo no lo cambian los superhéroes de película, sino las pequeñas acciones repetidas con cabezonería.

Así que deja de esperar al momento perfecto. Siembra ahora. Lo que plantes hoy puede ser, mañana, una revolución.