Focus

Tras mudarnos cerca de la mar, un capricho que nos dábamos a diario mi perro y yo, era acercarnos a la playa a dar un paseo en cuanto los primeros rayos de sol nos hacían abrir los ojos.

Paseábamos, nos bañábamos y cuando había olas grandes él corría asustado. Primero se acercaba ladrando cuando se recogían y luego escapaba a todo correr cuando las olas volvían a por él.

Un día, en uno de estos paseos matutinos vimos algo a lo lejos, era blanco y no muy grande, pero parecía que se movía un poco.

Aler, mi perro, se acercó a todo correr y vi cómo al llegar mantenía la distancia y poco a poco se acercaba olisqueando y acariciando con el hocico a lo que fuese que estaba en la orilla.

Al alcanzarle pude ver que eso junto a lo que se había quedado tumbado era una cría de foca, ¿o era un león marino? Nunca recuerdo cual es el que tiene orejas y cual es el que no.

Nos quedamos junto a la cría un tiempo, oteando el horizonte sin conseguir ver a su madre, mientras manteníamos húmeda a esa cosita blanca que aunque al principio parecía aterrada, empezaba a sentirse cómoda con nosotros.

Tras más de una hora pasó el primer paisano de la mañana, un vecino al que apenas conocía de poca más que de «hola» y «adiós».

Le enseñé a la cría y me dijo que algunos años había pasado. Seguramente la madre mientras buscaba comida se había encontrado con un depredador, posiblemente pescadores, y ya no podría volver con la cría. Alguna vez habían llamado a las autoridades pero esas crías necesitan una atención constante que los funcionarios no les daban y no salían adelante. Lo único que se lograba era alargar su agonía un poquito más. Que lo mejor era asumir que ya estaba muerta… Así es la naturaleza.

Tras esas palabras siguió su camino como si nada.

¿Asumir que ya estaba muerta? Se movía y hacía ruiditos ¿cómo íbamos a abandonarla sin más?

En ese momento ni se me ocurrió mirar en Internet, actúe por instinto. Cogí una toalla que llevaba conmigo, la empapé, envolví a la pobre cría y la cogí en brazos. Pesaba más de lo que parecía, y al principio se revolvió mucho, pero enseguida se calmó y pudimos echar a andar de camino a casa.

Una vez en casa ya pude pensar con más calma, y aunque no conocía a nadie que supiera de fauna marina pregunté al bot buscador cuál era la mejor forma de intentar mantener a la cría con vida.

Fueron unos meses difíciles, tanto Aler como yo nos pasamos junto a ella, Focus la llamamos, casi todo el tiempo.

En cuanto la vi con fuerzas volvimos a ir a la playa, pero en lugar de paseando nos acercábamos los tres en mi destartalado coche. Allí los tres jugábamos, y Aler dejó de tenerle miedo a las olas grandes gracias a que no quería dejar a Focus sola, que ya cada vez era menos cría.

Alguna vez nos cruzamos con aquel paisano que siempre nos miraba con una mezcla de estupor y alegría. Y pasados varios meses se acercó a nosotros y me estuvo hablando. Faltaba poco para que las focas volvieran a pasar por la zona, y lo mejor para ella sería llevarla en barca a mar abierto para que se juntase con otras focas.

Lo pensé mucho, y tenía razón. Aunque en el jardín le había hecho un pequeño estanque, la tierra firme no era un lugar adecuado para una foca. A veces hay que dejar ir a quien quieres, aunque no sabía cómo explicarle eso a Aler.

Llegado el momento hablé con el Pirata, tenía un barco pequeño pero muy marinero, que podría llevarnos hasta donde fuera necesario.

Lo más difícil fue salir de casa dejando allí a Aler. Se puso a ladrar y llorar como un loco, no entendía por qué su manada le abandonaba… Llevábamos muchos meses sin separarnos los tres.

Fueron varios días los que tuvimos que salir, y al ver que siempre regresábamos los dos, empezó a tomarse nuestras escapadas en solitario con más calma.

Sin embargo llegó el día, el Pirata y yo encontramos un grupo de focas, y Focus enseguida se lanzó a jugar con ellas. Primero sin alejarse del barco, pero poco a poco se fue envalentonado y cogiendo más distancia. Estaba claro que la habían aceptado, así que el Pirata y yo nos dimos media vuelta y nos alejamos lo más rápido que aquel viejo cascarón podía. Al darse cuenta, Focus hizo ademán de seguirnos unos cientos de metros, se me partía el alma, pero al final se dio por vencida y se quedó quieta viendo como la dejábamos atrás. Cuando estábamos ya muy lejos vi a través de unos prismáticos que volvía con sus nuevas amigas… Al menos un consuelo.

Al llegar a casa todo fue un drama, Aler se puso histérico al no ver a Focus, subía y bajaba del coche sin parar. Olfateaba y gemía hasta que pareció entender que ya no estaba.

Los siguientes días fueron muy duros, apenas interaccionaba conmigo y en nuestros paseos matutinos no se acercaba al agua, ni corría, ni nada. Me preocupaba, pero no había mucho que yo pudiera hacer.

Sin embargo, al séptimo día, mientras dábamos nuestro, ahora melancólico, paseo oímos un ruido. Aler en seguida se puso atento y venteó hasta que salió disparado como un rayo. Cuando le alcancé estaba en al agua jugando con Focus y otro par de sus amigas que se habían acercado a la orilla. La fiesta duró un rato hasta que las focas se alejaron y aunque Aler inicialmente las siguió mientras yo le llamaba desesperado, llegó un momento en que como había hecho con anterioridad Focus se paró y las observó alejarse. En ese momento debió de entender que tenía que dejarla marchar y se dió la vuelta y volvió a mi lado, pero esta vez todo había cambiado, estaba contento y juguetón, me daba besos y saltaba. Supongo que el hecho de tener ocasión de despedirse, de ver que Focus estaba bien,  le había devuelto la alegría.

Desde entonces, en nuestro paseo matutino, lo primero que hace al llegar a la playa es ventear buscando a Focus, y yo espero el día en que salga corriendo como un rayo para que podamos reunirnos con ella otro ratito. Quién sabe, quizá el próximo año.

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Tras mudarnos cerca del mar, un capricho que nos dábamos a diario mi perro, y yo era acercarnos a la playa a dar un paseo en cuanto los primeros rayos de sol nos hacían abrir los ojos.

Paseábamos, nos bañábamos y cuando había olas grandes él corría asustado. Primero se acercaba ladrando cuando se recogían, y luego escapaba a todo correr cuando las olas volvían a por él.

Un día, en uno de estos paseos matutinos, vimos algo a lo lejos, era blanco y no muy grande, pero parecía que se movía un poco.

Aler, mi perro, se acercó a todo correr y vi cómo al llegar mantenía la distancia y poco a poco se acercaba olisqueando y acariciando con el hocico a lo que fuese que estaba en la orilla.

Al alcanzarle pude ver que eso junto a lo que se había quedado tumbado era una cría de foca, ¿o era un león marino? Nunca recuerdo cuál es el que tiene orejas y cuál es el que no.

Nos quedamos junto a la cría un tiempo, oteando el horizonte sin conseguir ver a su madre, mientras manteníamos húmeda a esa cosita blanca que, aunque al principio parecía aterrada, empezaba a sentirse cómoda con nosotros.

Tras más de una hora pasó el primer paisano de la mañana, un vecino al que apenas conocía más que de «hola» y «adiós».

Le enseñé a la cría y me dijo que algunos años habían pasado. Seguramente la madre, mientras buscaba comida, se había encontrado con un depredador, posiblemente pescadores, y ya no podría volver con la cría. Alguna vez habían llamado a las autoridades, pero esas crías necesitan una atención constante que los funcionarios no les daban y no salían adelante. Lo único que se lograba era alargar su agonía un poquito más. Que lo mejor era asumir que ya estaba muerta… Así es la naturaleza.

Tras esas palabras siguió su camino como si nada.

¿Asumir que ya estaba muerta? Se movía y hacía ruiditos, ¿cómo íbamos a abandonarla así nomás?

En ese momento ni se me ocurrió mirar en Internet, actué por instinto. Cogí una toalla que llevaba conmigo, la empapé, envolví a la pobre cría y la cogí en brazos. Pesaba más de lo que parecía, y al principio se revolvió mucho, pero enseguida se calmó y pudimos echar a andar de camino a casa.

Una vez en casa ya pude pensar con más calma, y aunque no conocía a nadie que supiera de fauna marina, pregunté al bot buscador cuál era la mejor forma de intentar mantener a la cría con vida.

Fueron unos meses difíciles, tanto Aler como yo nos pasábamos junto a ella, Focus la llamamos, casi todo el tiempo.

En cuanto la vi con fuerzas, volvimos a ir a la playa, pero en lugar de pasear íbamos los tres en mi destartalado coche. Allí los tres jugábamos, y Aler dejó de tenerle miedo a las olas grandes gracias a que no quería dejar a Focus sola, que ya cada vez era menos cría.

Alguna vez nos cruzamos con aquel paisano que siempre nos miraba con una mezcla de estupor y alegría. Y pasados varios meses se acercó a nosotros y me estuvo hablando. Faltaba poco para que las focas volvieran a pasar por la zona, y lo mejor para ella sería llevarla en barca a mar abierto para que se juntara con otras focas.

Lo pensé mucho, y tenía razón. Aunque en el jardín le había hecho un pequeño estanque, la tierra firme no era un lugar adecuado para una foca. A veces hay que dejar ir a quien quieres, aunque no sabía cómo explicarle eso a Aler.

Llegado el momento, hablé con el Pirata, tenía un barco pequeño pero muy marinero, que podría llevarnos hasta donde fuera necesario.

Lo más difícil fue salir de casa dejando allí a Aler. Se puso a ladrar y llorar como un loco, no entendía por qué su manada le abandonaba… Llevábamos muchos meses sin separarnos los tres.

Fueron varios días los que tuvimos que salir, y al ver que siempre regresábamos los dos, empezó a tomarse nuestras escapadas en solitario con más calma.

Sin embargo, llegó el día, el Pirata y yo encontramos un grupo de focas, y Focus enseguida se lanzó a jugar con ellas. Primero sin alejarse del barco, pero poco a poco se fue envalentonando y cogiendo más distancia. Estaba claro que la habían aceptado, así que el Pirata y yo nos dimos media vuelta y nos alejamos lo más rápido que aquel viejo cascarón podía. Al darse cuenta, Focus hizo ademán de seguirnos unos cientos de metros, se me partía el alma, pero al final se dio por vencida y se quedó quieta viendo cómo la dejábamos atrás. Cuando estábamos ya muy lejos vi a través de unos prismáticos que volvía con sus nuevas amigas… Al menos un consuelo.

Al llegar a casa todo fue un drama, Aler se puso histérico al no ver a Focus, subía y bajaba del coche sin parar. Olfateaba y gemía hasta que pareció entender que ya no estaba.

Los siguientes días fueron muy duros, apenas interaccionaba conmigo y en nuestros paseos matutinos no se acercaba al agua, ni corría, ni nada. Me preocupaba, pero no había mucho que yo pudiera hacer.

Sin embargo, al séptimo día, mientras dábamos nuestro, ahora melancólico, paseo, oímos un ruido. Aler enseguida se puso atento y venteó hasta que salió disparado como un rayo. Cuando le alcancé estaba en el agua jugando con Focus y otro par de sus amigas que se habían acercado a la orilla. La fiesta duró un rato hasta que las focas se alejaron y aunque Aler inicialmente las siguió mientras yo le llamaba desesperado, llegó un momento en que como había hecho con anterioridad Focus se paró y las observó alejarse. En ese momento debió de entender que tenía que dejarla marchar y se dio la vuelta y volvió a mi lado, pero esta vez todo había cambiado, estaba contento y juguetón, me daba besos y saltaba. Supongo que el hecho de tener ocasión de despedirse, de ver que Focus estaba bien, le había devuelto la alegría.

Desde entonces, en nuestro paseo matutino, lo primero que hace al llegar a la playa es ventear buscando a Focus, y yo espero el día en que salga corriendo como un rayo para que podamos reunirnos con ella otro ratito. Quién sabe, quizá el próximo año.

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Un capricho que nos dábamos a diario mi perro, y yo era acercarnos a la playa a dar un paseo al amanecer. Paseábamos, nos bañábamos y cuando había olas grandes él corría asustado.

En uno de estos paseos matutinos, vimos algo a lo lejos, era blanco y no muy grande, pero parecía que se movía un poco. Aler, mi perro, se acercó a todo correr y vi cómo poco a poco se acercaba olisqueando y acariciando con el hocico.

Al alcanzarle pude ver se había tumbado junto a una cría de foca. Nos quedamos junto a ella pero su madre no aparecía.

Tras más de una hora pasó el primer paisano de la mañana, un vecino al que apenas conocía más que de «hola» y «adiós». Me dijo que algunos años habían pasado. Seguramente la madre, mientras buscaba comida, se había encontrado con un depredador. Que lo mejor era asumir que ya estaba muerta… Así es la naturaleza.

Tras esas palabras siguió su camino como si nada.

¿Asumir que ya estaba muerta? Se movía y hacía ruiditos, ¿cómo íbamos a abandonarla sin más?

La llevamos a casa y gracias a Internet conseguimos mantenerla con vida.

Fueron unos meses difíciles, tanto Aler como yo nos pasábamos junto a ella, Focus la llamamos, casi todo el tiempo.

En cuanto la vi con fuerzas, volvimos a ir a la playa, pero en lugar de pasear íbamos los tres en mi destartalado coche. Allí jugábamos, y Aler dejó de tenerle miedo a las olas grandes gracias a que no quería dejar a Focus sola.

Alguna vez nos cruzamos con aquel paisano que siempre nos miraba con una mezcla de estupor y alegría. Pasados varios meses se acercó a nosotros. Faltaba poco para que las focas volvieran a pasar por la zona, y lo mejor para ella sería llevarla a mar abierto para que se juntara con otras focas.

Lo pensé mucho, y tenía razón. Aunque en el jardín le había hecho un pequeño estanque, la tierra firme no era un lugar adecuado para una foca. A veces hay que dejar ir a quien quieres, aunque no sabía cómo explicarle eso a Aler.

Llegado el momento, hablé con el Pirata, tenía un barco pequeño pero muy marinero, que podría llevarnos hasta donde fuera necesario.

Lo más difícil fue salir de casa dejando allí a Aler. Se puso a ladrar y llorar como un loco, no entendía por qué su manada le abandonaba… Llevábamos muchos meses sin separarnos los tres.

Fueron varios días los que tuvimos que salir, y al ver que siempre regresábamos los dos, empezó a tomarse nuestras escapadas en solitario con más calma.

Sin embargo, llegó el día, el Pirata y yo encontramos un grupo de focas, y Focus enseguida se lanzó a jugar con ellas. Primero sin alejarse del barco, pero poco a poco se fue envalentonando y cogiendo más distancia. Estaba claro que la habían aceptado, así que el Pirata y yo nos dimos media vuelta y nos alejamos lo más rápido que aquel viejo cascarón podía. Al darse cuenta, Focus hizo ademán de seguirnos unos cientos de metros, se me partía el alma, pero al final se dio por vencida y se quedó quieta viendo cómo la dejábamos atrás. Cuando estábamos ya muy lejos vi a través de unos prismáticos que volvía con sus nuevas amigas… Al menos un consuelo.

Al llegar a casa todo fue un drama, Aler se puso histérico al no ver a Focus, subía y bajaba del coche sin parar. Olfateaba y gemía hasta que pareció entender que ya no estaba.

Los siguientes días fueron muy duros, apenas interaccionaba conmigo y en nuestros paseos matutinos no se acercaba al agua, ni corría, ni nada. Me preocupaba, pero no había mucho que yo pudiera hacer.

Sin embargo, al séptimo día, mientras dábamos nuestro, ahora melancólico, paseo, oímos un ruido. Aler enseguida se puso atento y venteó hasta que salió disparado como un rayo. Cuando le alcancé estaba en el agua jugando con Focus y otro par de sus amigas que se habían acercado a la orilla. La fiesta duró un rato hasta que las focas se alejaron y aunque Aler inicialmente las siguió mientras yo le llamaba desesperado, llegó un momento en que como había hecho con anterioridad Focus se paró y las observó alejarse. En ese momento debió de entender que tenía que dejarla marchar y se dio la vuelta y volvió a mi lado, pero esta vez todo había cambiado, estaba contento y juguetón, me daba besos y saltaba. Supongo que el hecho de tener ocasión de despedirse, de ver que Focus estaba bien, le había devuelto la alegría.

Desde entonces, en nuestro paseo matutino, lo primero que hace al llegar a la playa es ventear buscando a Focus, y yo espero el día en que salga corriendo como un rayo para que podamos reunirnos con ella otro ratito. Quién sabe, quizá el próximo año.

Autor: Javi López G.

Arquitecto/desarrollador, creativo, buscador de nuevas soluciones y modelos de negocio, crítico constructivo y ex muchas cosas

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