-Tomás, despierta. Llegarás tarde.-Le dijo su madre mientras levantaba la persiana y dejaba entrar la luz en la leonera que era el cuarto que compartía con su hermano pequeño.
«Aaaaaah» gritaba su cerebro que todavía zumbaba por haber estado muy cerca de los altavoces. Tom y sus amigos siempre se ponían en los conciertos, discotecas y cualquier evento en torno a la música, junto al altavoz derecho. De este modo, si uno de ellos llegaba tarde o se perdía, siempre podía volver a localizar a sus amigos.
-Buenos días, madre.
-Date prisa en desayunar, que es tardísimo.
-Tranquila, que voy bien. Además ¿dónde van a encontrar otro que trabaje gratis?
-Bueno, no te puedes quejar, que para ser aprendiz Manolo te da buenas perras de vez en cuando. Cuando tu padre tenía tu edad llevaba en la fábrica casi 10 años, y sin ver un real, que todo iba pa’ casa.
-Hola, buenos días.-El hermano de Tomás entró en la cocina desperezándose.
-¡Hola canijo!-Le cogió y comenzó a girar con él en brazos.
-¡Ja, ja, ja! ¡Bájame, Tomás!
-Deja al niño, que harás que vomite.
-Me voy corriendo- Dijo Tomás bebiendo el café de un trago y cogiendo un taco de galletas para el camino.
Los lunes eran duros, pero sabía que podría pasar el día intentando recordar todas las cosas que habían pasado ese fin de semana y al acabar la jornada se volvería a juntar con Paco y Rober.
