La última bruja – I

1.Inquisidor

¡Por fin! ¡Mi primera bruja a la hoguera! Es una pena no haber sido capaz de sacarle ningún nombre adicional o a dónde había huido su hija, y eso que me he esmerado en hacerla sufrir, pero será buen escarmiento a los ojos del resto: esto es lo que pasa si no cumples con la Inquisición.

—¡Prendedlo!

—¡Lo siento, Deva!— gritó la bruja entre sollozos mientras el verdugo echaba un poco de aceite en la base. Le advertí que no usase más de un par de tazas, para alargar la agonía. “Quizá cociéndose a fuego lento recapacita y comparte algún nombre con tal de acabar rápido el suplicio” pensé.

Con la antorcha en la mano me miró y asentí para confirmar la orden. Acercó la tea a la base de la hoguera y de repente ¡pufss! Una pequeña explosión y todo se llenó de humo. Los ojos me lagrimeaban, pero aun así pude ver la horrenda figura de un diablo rojo y azul abrazando a la bruja.

2. Anjana

Mi hija, Deva, ha sido siempre una gran aprendiz. Desde muy pequeñita me seguía a todas partes con sus grandes ojos, observando cómo procedía en cada caso. Pronto aprendió a leer y a ayudarme a hacer ungüentos y pociones. Incluso me atrevería a decir que es mejor que yo, aunque le falta la confianza que solo da la experiencia.

Me había seguido a curar los heridos cuando se cayó el andamio de la torre que construyó Don Diego, y en las batallas con Santander, aunque el señor de la Vega solo me dejaba ayudar a los altos cargos, Deva se iba a curar a marineros y villanos, fueran de este o del otro bando. A pesar de su juventud, todos los que la conocían preferían caer en sus manos que en las de un barbero-cirujano cualquiera.

Cuando llegó la Inquisición a la comarca, mi reputación pasó de ser una bondad a una condena y sabía que pronto llamarían a la puerta sin que el Señor Hurtado de Mendoza, ni el de la Vega, ni ningún otro osase hablar en mi nombre. Nadie se enfrenta al clero sin pagar por ello.

Busqué en el Libro el hechizo que nos llevaría fuera del peligro de la Inquisición, donde el conocimiento fuese libre y las mujeres no estuvieran subyugadas a los hombres. La poción no era muy difícil y Deva la preparó en un Padre Nuestro. Lo más complicado de todo era la cantidad de poder que hacía falta, tendríamos que irnos a un lugar mágico en la noche más larga del año para asegurar los buenos resultados.

Las semanas de espera fueron un suplicio, pero por fin había llegado el solsticio y ya teníamos todo preparado para partir. Sin embargo, un poco antes de caer el sol unos hombres se pusieron a aporrear la puerta —¡Abran en nombre del Inquisidor!—. Aterrada, corrí hasta ella para sostenerla —¡Si no abren la echaremos abajo!—. Le indiqué a Deva que escapase, que nos veríamos por la noche en la cueva —¡Tenemos la casa rodeada!—. Los hombres estaban golpeando con algo la puerta y la habrían sacado de sus goznes de no haber estado yo ahí, cuando Deva se acercó al hogar, orinó sobre las ascuas y gritó —¡Sin Dios y sin Santa María, por la chimenea arriba!— y desapareció volando junto al humo que subía.

Autor: Javi López G.

Arquitecto/desarrollador, creativo, buscador de nuevas soluciones y modelos de negocio, crítico constructivo y ex muchas cosas

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