La última bruja

13. Deva

En cuanto sonó la explosión, esperé unos segundos para que el humo se alzara y me adentré en la hoguera. Tapé a Madre con la manta que usaba como capa y le susurré al oído —calma madre, voy a liberarte—. Le desaté las manos y salimos en dirección contraria al Inquisidor y al Verdugo.

Luego corrimos y corrimos hasta que llegamos a la cueva. Le planteé las opciones a madre y juntas nos adentramos en la oscuridad. Ella tropezó con la vasija que estaba allí muy bien plantada por mi anterior yo, ahora convertida en piedra, y se asustó. Le tranquilicé: como no sería suficiente para las dos, había preparado una nueva. La bebimos, nos acurrucamos en otra esquina de la cueva y pronunciamos a la vez el conjuro, esperando despertarnos en un mañana distinto.

14. Inquisidor

Si no lo hubiese visto con mis propios ojos, no lo habría creído y habría hecho azotar a quien me lo contase. El diablo en persona había aparecido en la hoguera, abrazó a la bruja y la hizo desaparecer. Se ve que esta bruja sí que era de verdad.

FIN

La última bruja – VI

11. Deva

Estaba escondida en una esquina, con una manta a modo de capuchón y capa. Chorreaba agua y solo esperaba que mi plan funcionase porque no habría otra oportunidad: o nos salvávamos las dos, o moríamos las dos.

Ya se escondía el sol, y en un momento dieron comienzo a la ceremonia trayendo a la hereje y atándola a un tronco que había en mitad de la plaza con leña y sarmientos debajo. Me costó retener un chillido al ver a madre encorvada por el dolor y ensangrentada.

Una vez atada el señor Inquisidor hizo su pantomima de juicio divino y le preguntó a mi madre si se arrepentía. Ella siguió callada como había estado todo el tiempo y el Inquisidor rompió el silencio con un: —¡Prendedla!—.

Esa era mi señal, estaba preparada y lista, me cubrí la cara y agarré fuerte el cuchillo.

Madre me pidió perdón aunque era imposible que me hubiera visto. La mezcla de rabia y miedo me hacía temblar todo el cuerpo. De pronto: ¡pufss! Era el momento.

12. Anjana

Aún no entendía muy bien lo que había pasado, pero iba de la mano de Deva corriendo a escondernos del Inquisidor. tenía tantas preguntas que hacerle a mi Deva.

Para cuando llegamos a la cueva no me quedaba resuello y las preguntas me aturullaban la cabeza… Deva ya no parecía ella, tenía una confianza y una calma que no le había visto nunca, estaba claro que algo había cambiado en ella.

—Sé que tienes preguntas, pero ahora es muy importante que me atiendas porque tenemos que tomar decisiones muy rápido. El hechizo no nos iba a llevar a otro lugar, sino a otro tiempo.

—Lo sé.

—Uff, pues que respiro, pensaba que te habías equivocado y eso nos pondría en más apuros.— Me dijo mientras entrábamos a la cueva y me señalaba las cenizas del Libro.

—Ahora tenemos que decidir si nos vamos a ese tiempo en el que todo es de lo más extraño, o si nos quedamos, pero sea lo que sea lo haremos juntas—.

Estaba claro que mi niña, mi pequeña Deva, otrora tan delicada y tímida, se había convertido en apenas unas horas en una mujer fuerte y decidida.

—Aquí estamos bien. Si viene gente les veremos llegar. Cuéntame qué te ha pasado, ¿cómo lo has hecho?

—Por mis ropajes supongo que sabrás que he estado en ese tiempo en el que todo es distinto. Tienen relojes de bolsillo, carros sin caballos y fuentes en las casas ¡Todo el mundo es rico! No hay hambre, y en todos lados hay una música estridente que tapa el ruido de las olas.

Sé que te prometí que cuidaría el Libro, pero tenía que deshacer el hechizo para poder volver a buscarte, no quiero estar en ningún sitio sin ti—.

Deva sabía perfectamente que había una forma de deshacer cualquier hechizo. Si quemabas el Libro mientras pronunciabas un hechizo que hubieses hecho en el último día, este se deshacía. Siempre que habíamos hablado del tema, le forcé a prometer que nunca lo haría, pues el conocimiento que guardaba el Libro era el único legado que podía dejarle. Sin embargo, se ve que sin Libro se las había sabido apañar, al menos lo suficiente como para librarme de una muerte agónica.

—¿Y lo de la hoguera? ¿Cómo lo has hecho sin el Libro? porque viendo que no nos ha seguido nadie, tu plan ha debido de salir perfecto.

—¡Eso ha sido fácil! Lo peor fue tener que esperar el momento. Esta mañana, mientras daba vueltas a la hoguera simulando que rezaba el rosario por tu redención, oía tus gritos y no podía hacer nada más que seguir con el plan. Era muy sencillo: al volver del futuro me fui hacia la torre de Don Diego; varios de los que ahora la protegen y vigilan la mar lo hacen gracias a que les curé en su día, por lo que no fue difícil convencerles de que me diesen una bolsa de pólvora que esparcí por la zona de la hoguera entre Ave María y Ave María; luego me empapé entera en agua antes de que te llevaran a la hoguera, y el resto ya lo sabes.

—Vaya, has aprendido a hacer magia sin magia— sonreí.

La última bruja – V

9. Inquisidor

Llevaba toda la noche y parte del día torturando a esa bruja cuando me di por vencido —quizá quieras hablar cuando las llamas laman tus pies— le susurré al oído. Me escupió su sangre a la cara y me dijo que no le importaba morir porque sabía que la magia le sobreviviría, que las gentes sabían que era buena por mucho que le pintasen de mala y que por mucho poder que tuviera eso no lo lograría borrar nunca.

Estaba claro que estaba suficientemente entera como para poder ir consciente y caminando a la hoguera, quería dar un buen espectáculo esa noche y usarla como declaración de intenciones para dejar claro que la Iglesia manda y ni la más famosa bruja de la comarca puede nada contra ella. “Los gritos de esta hereje resonarán en las almas de todos los infieles”, pensé.

10. Anjana

Había intentado contener los gritos de dolor y las lágrimas todo lo que pude, pero al final tuve que dejar escapar aullidos desgarradores. 

No sabía que hora era, aunque me parecía que llevaba atada a esos aparatos que se había traído el amable Inquisidor para disfrute de los herejes toda una eternidad. 

“Espero que Deva haya podido escapar, seguro que sí, si no sería a ella a la que estarían torturando para que yo hablase”. Siempre fue muy obediente y las instrucciones que le había dado eran muy claras en caso de separarnos, así que fuese la hora que fuese ya no estaría aquí, o mejor dicho: ya no estaría ahora.

Por el movimiento de la luz que entraba por un pequeño tragaluz que daba a la calle, diría que habían pasado 5 o 6 horas desde que el Inquisidor se rindió, y ya sabía lo que tocaba a continuación. Me intentaba mentalizar para mostrarme fuerte, para mostrar a las gentes que se puede resistir a las maldades de la Inquisición.

Cuando la luz empezó a perder intensidad supe que ya había llegado la hora.

La última bruja – IV

7. Pablo

Durante el viaje, no había hablado casi nada. Miraba a todo con los ojos muy abiertos, y tenía siempre una expresión de querer hacer una pregunta  sin atreverse. No sé si estaba loca o tenía cierto retraso, en cualquier caso no la quería para debatir. Era guapa y estaba buena, no necesitaba más.

Al llegar a casa le dejé que tomase un poco de agua. Le dije que podía dejar el Libro sobre una mesa, que nadie lo tocaría y en cuanto la tuve sentada en el sofá me lancé a por su boca. Ella se intentó echar hacia atrás pero el respaldo no le dejaba, me empujaba pero no podía conmigo, me clavó sus uñas. Le di un poco de respiro y la pregunté qué le pasaba, si ya sabía a lo que había venido. —Perdóneme, Don Pablo, quizá he malentendido algo, pero aún soy doncella y no es el momento de cambiar eso—. Que Don, ni qué niño muerto. Íbamos a follar quisiera o no, así que volví a besarla  mientras la sujetaba las manos y echaba todo el peso sobre ella. No obstante , con dificultad, giró la cara y dijo en alto —Forzar doncellas no es bueno, conviértete en sapo hasta que una te de un tierno beso— y entonces —croac—.

8. Deva

¡Le tuve que convertir en sapo al mozuco! Eso por ser muy echao pa lante, ¡que aprenda la lección!

Al final este tiempo, con todas sus maravillas, seguía teniendo sus pegas.

Esta situación tan violenta me hizo pensar en mi madre, en lo que estaría sufriendo si le hubiese cogido la Inquisición. Tenía que ayudarle, pero no sabía cómo. Tendría que volver atrás, eso estaba claro, y luego ver qué hacer para liberarla.

Primero empecé por asearme en la fuente dejando mi vestido sucio y me puse las ropas del mozuco-sapo, que habían quedado apiladas en el suelo. Me fascinaron lo cómodas que eran. Luego tomé el Libro para ver si el hechizo que me había traído hasta este ahora, podría llevarme de vuelta a aquel ahora… Nada servía para viajar al pasado, así que solo tenía un modo de revertir el hechizo, aunque madre me hizo prometer muchas veces que nunca lo usaría.

Salí del edificio (esta vez por las escaleras), crucé la zona (esta vez sin admirar nada, enfocada en mi meta) y puse dirección a la Cueva de las brujas, casi corriendo, sin pensar más que en ir al rescate de la mi madre.

La última bruja – III

5. Pablo

Estaba de litros con los colegas, donde la pista de Cortiguera. Siempre vamos ahí a calentar porque los turistas de sábado noche, como los llamamos, van a la playa y atraen a toda la poli, así podemos estar a nuestro rollo. Luego ya nos vamos para la zona cuando están todas borrachas a ver qué podemos pescar

Estábamos jugando un “quinito hablado”, se dicen las cosas que llevamos en la maleta y el que falla tiene que beber. Así pasábamos el rato y echábamos unas risas. Justo era mi turno y empecé a repetir lo que había dicho Jorge, que iba antes que yo: —En mi maleta llevo un peine para calvos, un lindo gatito, a Piolín, la jaula de Piolín… y una tía buena que se está acercando. —Ja, ja, esa sí que es buena— dijo Berto. Cuando le señalé a la chica que venía hacia nosotros descalza y con un Libro en las manos, se quedó con la boca abierta.

6. Deva

¡Por fin encontré gente! No entiendo por qué hay tantas luces si no las usa nadie, y ¡hay que ver qué casas!, enormes y parecían todas de piedra, algo debía haber pasado en el pueblo que les convirtió en ricos.

Según me fui acercando, todos me iban mirando poniendo cara rara. Eran todos mozucos, y vestían de los colores más llamativos, como si fueran juglares que quieren llamar la atención ante un público inexistente. El que estaba frente a mí vestía de rojo arriba y abajo llevaba un pantalón como de pintitas azules y blancas. No debía tener quien le zurciera, pues lucía un roto en la rodilla, quizá ¿de tanto arrodillarse ante su señor? ¿Quién sabe?

—Hola— les dije —¿Podrían vuestras mercedes ser tan amables de indicarme el día y la hora?—

“Sin zurcir” se acercó corriendo apartando a los demás.

—¡Hola, hola, hola! Soy Pablo y son…— sacó una piedra negra y reluciente del pantalón —las once y veinte—. ¡Era un reloj de bolsillo! ¡Menuda maravilla! Me gustaría saber más, pero no era el momento. No me había dicho la fecha, no obstante pensé que mejor no insistir.

—Encantada, soy Deva— dije haciendo una pequeña reverencia con mi vestido sucio.

—Estoy un poco desorientada, ¿podríais indicarme el camino al río para asearme?— “y para orientarme y saber llegar a mi antigua casa, quizá allí encuentre alguna respuesta” pensé.

—Tranquila, nunca un de la Vega ha dejado sin ayudar a una dama en apuros.— si él supiera…—Te puedo llevar en mi carro— dijo Pablo y levantando una mano se encendieron unas luces detrás de él en otro objeto reluciente pero más grande.

Acepté agradecida y al acercarme, tocó la cosa y se abrió una especie de puerta a su interior. Siguiendo sus indicaciones pasé y vi que todo era negro y oscuro… desde luego eso no era un “carro” y no había animales cerca ni dónde engancharlos.

Oí que comentaba algo con sus amigos, tras lo cual abrió el otro lado y se subió junto a mí.

El carro no tendría caballos, pero cuando se movía parecía que tuviese una cuadra entera en la parte delantera.

Hizo algo con las manos y comenzó a sonar una música muy alta y no entendía lo que decían las voces, así que le pedí que lo apagase, que prefería oir la calle.—A sus órdenes— me contestó, e hizo que la musica se parase y que las ventanas desapareciesen. Ese carro usaba un tipo de magia que no salía en el Libro.

El aire traía olor a boñiga y se escuchaba el ruido del mar, seguro que cerca había vacas. Mientras me encaminaba a las luces me crucé por algunos praos con montones de vacas… esta gente debía ser increíblemente rica.

—Esta es la zona— me dijo al girar su carro y llegar a una calle atestada de gente, letras luminosas en los edificios, chicas con faldas que apenas les tapaban el sexo, más carros como en el que íbamos, música, gritos, ¡una pelea! se ve que la gente ebria actúa igual, no importa el momento. 

Tras pasar “la zona” dimos un par de giros más y paramos —Ya hemos llegado, bienvenida a mi casa— Me quedé con la boca abierta, era un edificio enorme de “5, 6, 7 ¡Siete alturas tiene!”. Tras salir del carro me invitó a pasar por una entrada de mármol blanco que tenía un espejo enorme, era algo digno de los más grandes palacios.

Al mirar mi reflejo vi mi cara, mis pies y mis manos cubiertas de barro, “espero que tenga un pozo, porque voy a necesitar mucha agua” pensé.

Me invitó a pasar a una habitación muy pequeña, sobretodo comparada con esa entrada monumental. La puerta era corredera y se cerró sin que nadie tirase de ella. De repente noté una sensación extraña en el estómago y un mareo tal que me agarré a él. —¿No te gustan los ascensores? Luego bajaremos por las escaleras mejor.

Al pararse la sensación se abrió la puerta de nuevo y nos encontramos ante tres puertas en lugar del mármol blanco “¿Qué tipo de magia es esta?”. Él abrió una y me dijo con una sonrisa de oreja a oreja —Bienvenida a mi humilde hogar— mientras todo se iluminaba como si esas palabras hubiesen sido un hechizo. Estaba claro que su concepto de humilde y el mio no eran el mismo.

—¿Quieres tomar algo?

—Sí, un poco de agua, por favor.

—Tengo cerveza, vino, vodka, whisky, ron…

—Agua sólo, gracias.

En ese momento tomó un vaso ¡de cristal! y lo acercó a un sitio que empezó a echar agua. ¡Tenía una fuente en mitad de su casa!

La última bruja – II

3. Deva

Estaba en casa, con madre. Lo teníamos todo preparado cuando esos hombres llegaron y se pusieron a golpear la puerta como auténticas bestias. Cogí el Libro y la poción, dejando a mi madre atrás soportando los empellones de esos hombres contra la puerta, que a pesar de ser muy dura parecía que empezaba a desencajarse.

“Ahora aquí, en la cueva que más poder guarda de toda la zona, permanezco escondida esperando a que llegue madre, pero las horas pasan y no viene. Tal vez no debí dejarla atrás. Tal vez la hayan cogido. Tal vez la esté torturando el Inquisidor. Tal vez tendría que ir al pueblo a ver. Pero madre me dijo que vendría, me lo prometió, en otro caso yo no me hubiese ido. Tal vez ella tuviese un plan. Tengo que esperarla.” Mi cabeza era un hervidero.

“La noche ya casi va dejando paso al día, aún no, pero queda poco y todavía no ha llegado madre. Varias veces he salido hasta la entrada, empero no he visto ninguna figura acercándose a pesar de la claridad de la luna llena. ¿Debería irme sin madre? Dijo que era muy importante que lo hiciéramos esta noche, aunque la de mañana durará solo un poquito menos y el hechizo debería de funcionar igual. Al fin y al cabo esta cueva es muy poderosa y guarda rituales mágicos desde hace miles de años como se refleja en sus paredes. Se empiezan a quebrar los albores, la claridad ya anuncia el sol. Es ahora o nunca y mi madre me dió instrucciones muy precisas, aunque también me dijo que acudiría…”

Me adentré en lo más hondo de la cueva, tomé la mitad de la pócima asegurando que la vasija quedara bien asentada por si madre llegaba después y entre sollozos me acurruqué, me abracé al Libro, y susurré el hechizo que tenía memorizado.

4. Deva

Abrí los ojos a una oscuridad tan absoluta que no podía ver ni el suelo que tenía pegado a la cara. Me estiré intentando desentumecer el cuerpo y oí como piedrecitas iban cayendo al suelo. Todavía estaba el Libro atrapado en mi regazo. —¿Madre?— pregunté, pero no obtuve respuesta.

Cuando los ojos se me acostumbraron a la oscuridad, observé cierta claridad que llegaba del exterior… “¿Podría ser que siguiese en la cueva? ¿Que el hechizo no hubiera funcionado? ¡No puede ser! Hice el ritual como se detalla en el maldito compendio de magia que tenía en mis manos.”

Me puse en pie, más cáscaras caían al suelo. Palpé y cogí una grande para examinarla a la luz.

Al acercarme a la entrada me topé con una valla que no me permitía salir al exterior, y solo entraba la luz de la luna entre los huecos que dejaba el frío metal.

Acerqué a uno de esos rayos la piedra que había recogido en el interior y era de la misma forma que mi cadera, la dejé caer y se rompió en mil cachitos. Era como si hubiera tenido una cubierta de piedra protegiéndome.

Lo de estar atrapada por una reja no me gustaba nada, sin embargo, seguro que en el Libro vendría algún hechizo para abrir cerraduras… aunque, “quizá no necesite la magia” pensé. En una esquina de la cueva había algunas herramientas de metal, cogí un pequeño pico con el que me fue fácil hacer palanca y abrir. En ese momento me vino la imagen de mi madre hablándome de Arquímedes y no pude evitar que las lágrimas recorriesen mi faz.

Al salir de la cueva un montón de información me golpeó en la cara, como cuando permanecía estudiando el Libro por las noches y mi cabeza se acababa estampando contra el libro al quedarme dormida.

Por un lado, observé que la luna se posicionaba tal, que no podía haber salido mucho antes. Además, las constelaciones no estaban donde deberían. Finalmente, y lo más extraño, fue ver luces por todos lados en rededor.

Me volví hacia la cueva para dejar la puerta lo más entornada posible y que no se notase mucho que había roto la cerradura y vi un cartel con una letra perfecta. Debía ser un gran artesano quien lo hizo. Rezaba:

Cueva de las brujas
Prohibido el paso
Ayto. de Suances

La verdad es que el nombre era muy apropiado.

Todos los datos formaban un batiburrillo en mi cabeza, estaba claro que no había cambiado de sitio, pero sí de hora y de fecha.

La última bruja – I

1.Inquisidor

¡Por fin! ¡Mi primera bruja a la hoguera! Es una pena no haber sido capaz de sacarle ningún nombre adicional o a dónde había huido su hija, y eso que me he esmerado en hacerla sufrir, pero será buen escarmiento a los ojos del resto: esto es lo que pasa si no cumples con la Inquisición.

—¡Prendedlo!

—¡Lo siento, Deva!— gritó la bruja entre sollozos mientras el verdugo echaba un poco de aceite en la base. Le advertí que no usase más de un par de tazas, para alargar la agonía. “Quizá cociéndose a fuego lento recapacita y comparte algún nombre con tal de acabar rápido el suplicio” pensé.

Con la antorcha en la mano me miró y asentí para confirmar la orden. Acercó la tea a la base de la hoguera y de repente ¡pufss! Una pequeña explosión y todo se llenó de humo. Los ojos me lagrimeaban, pero aun así pude ver la horrenda figura de un diablo rojo y azul abrazando a la bruja.

2. Anjana

Mi hija, Deva, ha sido siempre una gran aprendiz. Desde muy pequeñita me seguía a todas partes con sus grandes ojos, observando cómo procedía en cada caso. Pronto aprendió a leer y a ayudarme a hacer ungüentos y pociones. Incluso me atrevería a decir que es mejor que yo, aunque le falta la confianza que solo da la experiencia.

Me había seguido a curar los heridos cuando se cayó el andamio de la torre que construyó Don Diego, y en las batallas con Santander, aunque el señor de la Vega solo me dejaba ayudar a los altos cargos, Deva se iba a curar a marineros y villanos, fueran de este o del otro bando. A pesar de su juventud, todos los que la conocían preferían caer en sus manos que en las de un barbero-cirujano cualquiera.

Cuando llegó la Inquisición a la comarca, mi reputación pasó de ser una bondad a una condena y sabía que pronto llamarían a la puerta sin que el Señor Hurtado de Mendoza, ni el de la Vega, ni ningún otro osase hablar en mi nombre. Nadie se enfrenta al clero sin pagar por ello.

Busqué en el Libro el hechizo que nos llevaría fuera del peligro de la Inquisición, donde el conocimiento fuese libre y las mujeres no estuvieran subyugadas a los hombres. La poción no era muy difícil y Deva la preparó en un Padre Nuestro. Lo más complicado de todo era la cantidad de poder que hacía falta, tendríamos que irnos a un lugar mágico en la noche más larga del año para asegurar los buenos resultados.

Las semanas de espera fueron un suplicio, pero por fin había llegado el solsticio y ya teníamos todo preparado para partir. Sin embargo, un poco antes de caer el sol unos hombres se pusieron a aporrear la puerta —¡Abran en nombre del Inquisidor!—. Aterrada, corrí hasta ella para sostenerla —¡Si no abren la echaremos abajo!—. Le indiqué a Deva que escapase, que nos veríamos por la noche en la cueva —¡Tenemos la casa rodeada!—. Los hombres estaban golpeando con algo la puerta y la habrían sacado de sus goznes de no haber estado yo ahí, cuando Deva se acercó al hogar, orinó sobre las ascuas y gritó —¡Sin Dios y sin Santa María, por la chimenea arriba!— y desapareció volando junto al humo que subía.