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Las hermanas del bosque

Hace muchos muchos años, antes de que mis abuelos nacieran, incluso antes de que sus abuelos o los abuelos de sus abuelos… uy, cuánto lío.

Volvamos a empezar:

Hace muchos años, antes de que naciera ningún rey, y antes de que nadie dijera “esto es mío”, en los verdes montes del norte cuidaban de los bosques las anjanas.

Las anjanas vigilaban que nadie se aprovechara de los bosques más de lo que necesitase.

Con ayuda de sus poderes premiaban a los que hacían las cosas bien y castigaban a los que las hacían mal. 

Solían vivir cerca de los ríos y casi siempre vigilaban sin que te dieras cuenta. Podían tomar cualquier forma: a veces se hacían pasar por señorucas muy mayores y otras por jovencitas lavanderas, otras por árbol, por loba, por pajarillo o por ardilla. ¡Nunca sabías si una anjana te estaba vigilando! 

Lo mejor era (y es) portarse bien en todo momento y tratar a la gente y a los habitantes del bosque con todo el cuidado del mundo. Cómo te gustaría que te tratasen a ti.

En uno de estos bosques, el que se encontraba más cerca de la capital del mundo… porque toda la gente sabe que la capital del mundo está entre los verdes montes del norte…  aunque eso es otra historia para ser contada en otro momento.

En uno de estos bosques, entre unas rocas salía agua como si fuera magia. 

Ese agua o esa magia formaban un río al que las personas le han dado muchos nombres y ahora mismo lo llaman Asón

En ese bosque, cerca de esas rocas y de ese agua que formaba un río bajando tranquilamente por la pared de la montaña, había una cueva en la que vivían dos anjanas hermanas.

Quien no las conociera diría que eran idénticas salvo porque una tenía el pelo dorado y la otra plateado. 

La gente de la zona las llamaban la hermana rubia y la hermana blanca y, como sí las conocían, sabían que los castigos más ingeniosos y divertidos se le ocurrían a la hermana blanca.

La rubia era un poco más seria y sus castigos y premios no eran tan imaginativos pero tampoco tan pesados.

Por eso, cuando alguien les hacía la puñeta siempre respondían con un “¡que te castigue la hermana blanca!”, mientras que si eran ellos los que habían hecho alguna cosa reguleramente pedían perdón a la hermana rubia.

Por ejemplo, a un mozo que no se había comportado muy bien en la última feria de la capital del mundo, cuando llegó la siguiente y se fue a poner el traje de las ferias se encontró con que tenía las mangas de la chaqueta cosidas a los laterales, así que tenía que elegir entre pasar frío o no mover los brazos.

Sin embargo, a un pastorcillo que nunca se levantaba a su hora para ir a atender a los animales, la hermana rubia le despertaba dándole un grito sin más, pero seguía quedándose dormido casi todos los días, hasta que un día la hermana blanca se lo llevó dormido como estaba y sin más lo tiró al río que estaba helado. Del susto que se llevó, empezó a levantarse con el primer susurro que escuchaba, no fuera a venir la hermana blanca para tirarlo de nuevo al río.

Ahora bien, la hermana blanca, tan creativa como era, a veces dejaba volar su imaginación y hacía algunas trastadas que a los que las sufrían les parecían muy pesadas y ella se reía mucho cuando veía como se enfurruñaban. 

Lo mismo le daba por despertar a los gallos por la noche para que empezasen a cantar, como ataba a las vacas por el rabo y luego era un lío tratar de soltarlas. 

A veces tapaba las chimeneas para que se llenase todo de humo, o cambiaba los caminos para que fuesen en dirección contraria y te perdieras un rato antes de volver de nuevo al principio.

Así que la gente, aunque le pedían ayuda para que les defendiera, también se enfadaba cuando les tocaba sufrirla.

Su hermana la regañaba, le decía que no podía gastar bromas tan pesadas, que una cosa era castigar a la gente, pero otra hacer que se acordasen de ella para siempre. 

Sin embargo la hermana blanca siempre le contestaba que era mejor una buena broma pesada y que aprendieran la lección de golpe y porrazo, que tener que estar repitiéndoles las cosas sin que hicieran caso.

Una noche, para que probase de su propia medicina, la hermana rubia decidió gastarle a su hermana una broma digna de ella. 

La cogió mientras dormía y se la llevó a las piedras donde nacía el río y allí dijo un conjuro que la convertiría en piedra tapando un poco el agujero por el que salía el agua, haciendo que saliese más fuerte y así su hermana notase la molestia.

Igual que cuando tapas con la mano un grifo y un chorro te da fuerte en la cara.

El conjuro convirtió toda su carne y sus huesos en piedra, pero no el pelo que añadido a la fuerza del agua, salió disparado por la ladera de la montaña y formó una cascada plateada por cuyos cabellos goteaba el agua.

Cuando se corrió la voz, algunos inocentes intentaron conseguir la plata de su cabello, pero en cuanto lo tocaban con las manos se convertía en agua, así que enseguida los vecinos la comenzaron a llamar Cailagua, porque agua era lo único que caía, y cuando veían un visitante encaminarse allí le seguían de cerca para reirse viendo como intentaba conseguir la plata del cabello de la hermana blanca.

Tras unos meses, que en tiempo de anjana no es tanto ya que ellas viven muchísimas vidas de humanos, la hermana rubia se dispuso a sacar a su hermana de aquel tormento de no poder moverse mientras el agua chocaba contra ella. 

Sin embargo, se asustó al estar junto a su hermana convertida en piedra. No conseguía recordar el conjuro de desencantamiento ¡qué horror! 

Probó con todos los conjuntos, palabras mágicas, refranes, rimas… todo lo que se le venía a la mente lo probaba, pero su hermana seguía siendo de piedra.

Muy apenada se fue a su cueva sin poder parar de llorar y sin saber qué hacer. 

Todas las personas del valle oían sus lamentos desconsolados y aunque normalmente nadie se atrevía a acercarse a la cueva de las anjanas por miedo a enfadarlas, una señoruca de esas tan ancianas a las que todo les puede dar igual porque ya han vivido tanto que no le tienen miedo a nada se acercó a ver qué ocurría.

Tras un buen rato de intentar descifrar las palabras ahogadas por el llanto de la anjana, la señoruca consiguió por fin entender lo que había ocurrido.

  • Ay hija, buena la has preparado, no me extraña que llores tanto. Lo que pasa es que la pena te debe de estar atontando así que suenate y párate a pensar, porque estoy segura de que si yo sé dónde puedes encontrar la solución, tú que has vivido muchas más vidas que yo también tienes que conocer la respuesta.

La anjana tomó el pañueluco que la anciana le acercaba y la intriga hizo que su llanto se parara casi en seco. Miraba a la señoruca con una cara interrogativa que descubría una duda enorme… ¿a qué demonios se estaba refiriendo esa paisana?

  • No me mires con esa cara, hija. Brenavinto, en Brenavinto tiene que estar por fuerza la respuesta.

¡Claro! ¡Eso era! Rapidamente se puso en pie llena de esperanza y alegría, y entre exclamaciones llenó de besos y bendiciones a la anciana a la que incluso ofreció volverla joven de nuevo, aunque la anciana lo rechazó.

  • Gracias, pero no querida. Yo ya he vivido lo mío, he tenido una buena vida hasta que mi Laro se murió, y ahora es el turno de nuestros hijos y nuestros nietos, son ellos los que tienen que vivir ahora. Tú marcha cuanto antes, que ya sabes lo difícil que es encontrar el lago, y pierde cuidado que mientras tú no estés todos los del valle nos encargaremos de cuidar del bosque y de tu hermana. Nunca dejaremos que les hagan daño.

La anciana tenía razón, el lago de Brenavinto era un lago mágico que tan pronto aparecía como desaparecía, así que era difícil de encontrar porque si te despistabas pasabas por el sitio en el momento en el que no estaba y a tus espaldas reaparecía casi como haciéndote burla.

Todo este follón con el lago era porque en el fondo del lago hay un palacio. 

En ese palacio se encuentra la mayor biblioteca que el mundo haya visto o verá en su historia. 

Más que la antigua biblioteca de Alejandría que se quemó por culpa de los hombres, e incluso más que esa Internet que llegaría dentro de muchos cientos de años. 

En Brenavinto están todos los libros que se han escrito y todos los que están por escribir, así que allí se fue la hermana rubia para buscar, entre todas las palabras escritas en todos los libros durante todos los tiempos, las palabras mágicas que sacasen a su hermana del encantamiento.

Hasta hoy por lo menos, no las ha encontrado y cuando aparece el lago de Brenavinto, si se mira con atención al fondo, se puede ver a la hermana rubia por una de las ventanas de palacio rodeada de montones de libros.

La anciana contó a sus vecinos lo que había pasado y entre todos se encargaron que siempre se protegiera el bosque y a la hermana blanca cuya melena sigue lanzando el agua desde lo alto de la montaña.

Puede incluso, que no haya encontrado las palabras porque aún nadie las haya escrito en un libro.

Quizá si tú que lo lees pruebas a ayudarla, consiga liberar a su hermana. ¿Cuáles crees que pueden ser las palabras que liberen a la hermana blanca? Escríbelas aquí, quizá tengas suerte y, si lo logras ten por seguro que las hermanas te premiarán y te darán muchos regalos.

Bingo Social

Bingo Social es una web app que permite crear cartones de bingo que puedes compartir con amigos o en redes para que todos jueguen a la vez y puedan ver en tiempo real la evolución de los demás participantes.

Cartón de bingo de las cosas que escuchan los escritores de blogs en 2025

Es un modo de mantenerse entretenido y en contacto de un modo amigable y divertido. Cada cual elige de qué quiere crear el bingo, como por ejemplo:

  • Cuñadeces que dirán los familiares en las fiestas.
  • Exaltaciones corporativas en la cena de empresa.
  • «Consejos» para los enfermos crónicos.
  • Frases que dirá el amigo de las criptomonedas en la próxima quedada.
  • Qué se verá en la Isla de las tentaciones o Eurovisión.
  • Cuáles serán las últimas «politicadas» del año.
  • Los espontáneos que se incorporarán por año nuevo a vuestro canal de Telegram.
  • … cualquier cosa que se te ocurra, ¡incluso si no es graciosa!

Para los interesados en los aspectos más técnicos, no, no tiene modelo de negocio, es sólo por los jajas y por demostrarme que podía hacerlo.

El desarrollo tecnológico ha tenido una dosis alta de asistencia de Google Gemini y el resultado es una single page application con Vite (React) que se aloja en Firebase del que usa Firestore para la persistencia de datos y la autenticación para la gestión de los usuarios (que son anónimos pero se les recuerda entre accesos).

Como curiosidad, aunque lo he colgado de un dominio propio (bingo-social.yups.me) por aquello de tener el control en el futuro, el identificador de proyecto asignado en firebase es bingo-social (bingo-social.web.app), así sin numeritos ni nada, ¡he sido el primero en hacer un Bingo Social en Firebase!

Dejadme un comentario o escribidme por donde más rabia os dé si lo probáis y tenéis algún Feedback 🙂

La última bruja

13. Deva

En cuanto sonó la explosión, esperé unos segundos para que el humo se alzara y me adentré en la hoguera. Tapé a Madre con la manta que usaba como capa y le susurré al oído —calma madre, voy a liberarte—. Le desaté las manos y salimos en dirección contraria al Inquisidor y al Verdugo.

Luego corrimos y corrimos hasta que llegamos a la cueva. Le planteé las opciones a madre y juntas nos adentramos en la oscuridad. Ella tropezó con la vasija que estaba allí muy bien plantada por mi anterior yo, ahora convertida en piedra, y se asustó. Le tranquilicé: como no sería suficiente para las dos, había preparado una nueva. La bebimos, nos acurrucamos en otra esquina de la cueva y pronunciamos a la vez el conjuro, esperando despertarnos en un mañana distinto.

14. Inquisidor

Si no lo hubiese visto con mis propios ojos, no lo habría creído y habría hecho azotar a quien me lo contase. El diablo en persona había aparecido en la hoguera, abrazó a la bruja y la hizo desaparecer. Se ve que esta bruja sí que era de verdad.

FIN

La última bruja – VI

11. Deva

Estaba escondida en una esquina, con una manta a modo de capuchón y capa. Chorreaba agua y solo esperaba que mi plan funcionase porque no habría otra oportunidad: o nos salvávamos las dos, o moríamos las dos.

Ya se escondía el sol, y en un momento dieron comienzo a la ceremonia trayendo a la hereje y atándola a un tronco que había en mitad de la plaza con leña y sarmientos debajo. Me costó retener un chillido al ver a madre encorvada por el dolor y ensangrentada.

Una vez atada el señor Inquisidor hizo su pantomima de juicio divino y le preguntó a mi madre si se arrepentía. Ella siguió callada como había estado todo el tiempo y el Inquisidor rompió el silencio con un: —¡Prendedla!—.

Esa era mi señal, estaba preparada y lista, me cubrí la cara y agarré fuerte el cuchillo.

Madre me pidió perdón aunque era imposible que me hubiera visto. La mezcla de rabia y miedo me hacía temblar todo el cuerpo. De pronto: ¡pufss! Era el momento.

12. Anjana

Aún no entendía muy bien lo que había pasado, pero iba de la mano de Deva corriendo a escondernos del Inquisidor. tenía tantas preguntas que hacerle a mi Deva.

Para cuando llegamos a la cueva no me quedaba resuello y las preguntas me aturullaban la cabeza… Deva ya no parecía ella, tenía una confianza y una calma que no le había visto nunca, estaba claro que algo había cambiado en ella.

—Sé que tienes preguntas, pero ahora es muy importante que me atiendas porque tenemos que tomar decisiones muy rápido. El hechizo no nos iba a llevar a otro lugar, sino a otro tiempo.

—Lo sé.

—Uff, pues que respiro, pensaba que te habías equivocado y eso nos pondría en más apuros.— Me dijo mientras entrábamos a la cueva y me señalaba las cenizas del Libro.

—Ahora tenemos que decidir si nos vamos a ese tiempo en el que todo es de lo más extraño, o si nos quedamos, pero sea lo que sea lo haremos juntas—.

Estaba claro que mi niña, mi pequeña Deva, otrora tan delicada y tímida, se había convertido en apenas unas horas en una mujer fuerte y decidida.

—Aquí estamos bien. Si viene gente les veremos llegar. Cuéntame qué te ha pasado, ¿cómo lo has hecho?

—Por mis ropajes supongo que sabrás que he estado en ese tiempo en el que todo es distinto. Tienen relojes de bolsillo, carros sin caballos y fuentes en las casas ¡Todo el mundo es rico! No hay hambre, y en todos lados hay una música estridente que tapa el ruido de las olas.

Sé que te prometí que cuidaría el Libro, pero tenía que deshacer el hechizo para poder volver a buscarte, no quiero estar en ningún sitio sin ti—.

Deva sabía perfectamente que había una forma de deshacer cualquier hechizo. Si quemabas el Libro mientras pronunciabas un hechizo que hubieses hecho en el último día, este se deshacía. Siempre que habíamos hablado del tema, le forcé a prometer que nunca lo haría, pues el conocimiento que guardaba el Libro era el único legado que podía dejarle. Sin embargo, se ve que sin Libro se las había sabido apañar, al menos lo suficiente como para librarme de una muerte agónica.

—¿Y lo de la hoguera? ¿Cómo lo has hecho sin el Libro? porque viendo que no nos ha seguido nadie, tu plan ha debido de salir perfecto.

—¡Eso ha sido fácil! Lo peor fue tener que esperar el momento. Esta mañana, mientras daba vueltas a la hoguera simulando que rezaba el rosario por tu redención, oía tus gritos y no podía hacer nada más que seguir con el plan. Era muy sencillo: al volver del futuro me fui hacia la torre de Don Diego; varios de los que ahora la protegen y vigilan la mar lo hacen gracias a que les curé en su día, por lo que no fue difícil convencerles de que me diesen una bolsa de pólvora que esparcí por la zona de la hoguera entre Ave María y Ave María; luego me empapé entera en agua antes de que te llevaran a la hoguera, y el resto ya lo sabes.

—Vaya, has aprendido a hacer magia sin magia— sonreí.

La última bruja – V

9. Inquisidor

Llevaba toda la noche y parte del día torturando a esa bruja cuando me di por vencido —quizá quieras hablar cuando las llamas laman tus pies— le susurré al oído. Me escupió su sangre a la cara y me dijo que no le importaba morir porque sabía que la magia le sobreviviría, que las gentes sabían que era buena por mucho que le pintasen de mala y que por mucho poder que tuviera eso no lo lograría borrar nunca.

Estaba claro que estaba suficientemente entera como para poder ir consciente y caminando a la hoguera, quería dar un buen espectáculo esa noche y usarla como declaración de intenciones para dejar claro que la Iglesia manda y ni la más famosa bruja de la comarca puede nada contra ella. “Los gritos de esta hereje resonarán en las almas de todos los infieles”, pensé.

10. Anjana

Había intentado contener los gritos de dolor y las lágrimas todo lo que pude, pero al final tuve que dejar escapar aullidos desgarradores. 

No sabía que hora era, aunque me parecía que llevaba atada a esos aparatos que se había traído el amable Inquisidor para disfrute de los herejes toda una eternidad. 

“Espero que Deva haya podido escapar, seguro que sí, si no sería a ella a la que estarían torturando para que yo hablase”. Siempre fue muy obediente y las instrucciones que le había dado eran muy claras en caso de separarnos, así que fuese la hora que fuese ya no estaría aquí, o mejor dicho: ya no estaría ahora.

Por el movimiento de la luz que entraba por un pequeño tragaluz que daba a la calle, diría que habían pasado 5 o 6 horas desde que el Inquisidor se rindió, y ya sabía lo que tocaba a continuación. Me intentaba mentalizar para mostrarme fuerte, para mostrar a las gentes que se puede resistir a las maldades de la Inquisición.

Cuando la luz empezó a perder intensidad supe que ya había llegado la hora.

La última bruja – IV

7. Pablo

Durante el viaje, no había hablado casi nada. Miraba a todo con los ojos muy abiertos, y tenía siempre una expresión de querer hacer una pregunta  sin atreverse. No sé si estaba loca o tenía cierto retraso, en cualquier caso no la quería para debatir. Era guapa y estaba buena, no necesitaba más.

Al llegar a casa le dejé que tomase un poco de agua. Le dije que podía dejar el Libro sobre una mesa, que nadie lo tocaría y en cuanto la tuve sentada en el sofá me lancé a por su boca. Ella se intentó echar hacia atrás pero el respaldo no le dejaba, me empujaba pero no podía conmigo, me clavó sus uñas. Le di un poco de respiro y la pregunté qué le pasaba, si ya sabía a lo que había venido. —Perdóneme, Don Pablo, quizá he malentendido algo, pero aún soy doncella y no es el momento de cambiar eso—. Que Don, ni qué niño muerto. Íbamos a follar quisiera o no, así que volví a besarla  mientras la sujetaba las manos y echaba todo el peso sobre ella. No obstante , con dificultad, giró la cara y dijo en alto —Forzar doncellas no es bueno, conviértete en sapo hasta que una te de un tierno beso— y entonces —croac—.

8. Deva

¡Le tuve que convertir en sapo al mozuco! Eso por ser muy echao pa lante, ¡que aprenda la lección!

Al final este tiempo, con todas sus maravillas, seguía teniendo sus pegas.

Esta situación tan violenta me hizo pensar en mi madre, en lo que estaría sufriendo si le hubiese cogido la Inquisición. Tenía que ayudarle, pero no sabía cómo. Tendría que volver atrás, eso estaba claro, y luego ver qué hacer para liberarla.

Primero empecé por asearme en la fuente dejando mi vestido sucio y me puse las ropas del mozuco-sapo, que habían quedado apiladas en el suelo. Me fascinaron lo cómodas que eran. Luego tomé el Libro para ver si el hechizo que me había traído hasta este ahora, podría llevarme de vuelta a aquel ahora… Nada servía para viajar al pasado, así que solo tenía un modo de revertir el hechizo, aunque madre me hizo prometer muchas veces que nunca lo usaría.

Salí del edificio (esta vez por las escaleras), crucé la zona (esta vez sin admirar nada, enfocada en mi meta) y puse dirección a la Cueva de las brujas, casi corriendo, sin pensar más que en ir al rescate de la mi madre.

La última bruja – III

5. Pablo

Estaba de litros con los colegas, donde la pista de Cortiguera. Siempre vamos ahí a calentar porque los turistas de sábado noche, como los llamamos, van a la playa y atraen a toda la poli, así podemos estar a nuestro rollo. Luego ya nos vamos para la zona cuando están todas borrachas a ver qué podemos pescar

Estábamos jugando un “quinito hablado”, se dicen las cosas que llevamos en la maleta y el que falla tiene que beber. Así pasábamos el rato y echábamos unas risas. Justo era mi turno y empecé a repetir lo que había dicho Jorge, que iba antes que yo: —En mi maleta llevo un peine para calvos, un lindo gatito, a Piolín, la jaula de Piolín… y una tía buena que se está acercando. —Ja, ja, esa sí que es buena— dijo Berto. Cuando le señalé a la chica que venía hacia nosotros descalza y con un Libro en las manos, se quedó con la boca abierta.

6. Deva

¡Por fin encontré gente! No entiendo por qué hay tantas luces si no las usa nadie, y ¡hay que ver qué casas!, enormes y parecían todas de piedra, algo debía haber pasado en el pueblo que les convirtió en ricos.

Según me fui acercando, todos me iban mirando poniendo cara rara. Eran todos mozucos, y vestían de los colores más llamativos, como si fueran juglares que quieren llamar la atención ante un público inexistente. El que estaba frente a mí vestía de rojo arriba y abajo llevaba un pantalón como de pintitas azules y blancas. No debía tener quien le zurciera, pues lucía un roto en la rodilla, quizá ¿de tanto arrodillarse ante su señor? ¿Quién sabe?

—Hola— les dije —¿Podrían vuestras mercedes ser tan amables de indicarme el día y la hora?—

“Sin zurcir” se acercó corriendo apartando a los demás.

—¡Hola, hola, hola! Soy Pablo y son…— sacó una piedra negra y reluciente del pantalón —las once y veinte—. ¡Era un reloj de bolsillo! ¡Menuda maravilla! Me gustaría saber más, pero no era el momento. No me había dicho la fecha, no obstante pensé que mejor no insistir.

—Encantada, soy Deva— dije haciendo una pequeña reverencia con mi vestido sucio.

—Estoy un poco desorientada, ¿podríais indicarme el camino al río para asearme?— “y para orientarme y saber llegar a mi antigua casa, quizá allí encuentre alguna respuesta” pensé.

—Tranquila, nunca un de la Vega ha dejado sin ayudar a una dama en apuros.— si él supiera…—Te puedo llevar en mi carro— dijo Pablo y levantando una mano se encendieron unas luces detrás de él en otro objeto reluciente pero más grande.

Acepté agradecida y al acercarme, tocó la cosa y se abrió una especie de puerta a su interior. Siguiendo sus indicaciones pasé y vi que todo era negro y oscuro… desde luego eso no era un “carro” y no había animales cerca ni dónde engancharlos.

Oí que comentaba algo con sus amigos, tras lo cual abrió el otro lado y se subió junto a mí.

El carro no tendría caballos, pero cuando se movía parecía que tuviese una cuadra entera en la parte delantera.

Hizo algo con las manos y comenzó a sonar una música muy alta y no entendía lo que decían las voces, así que le pedí que lo apagase, que prefería oir la calle.—A sus órdenes— me contestó, e hizo que la musica se parase y que las ventanas desapareciesen. Ese carro usaba un tipo de magia que no salía en el Libro.

El aire traía olor a boñiga y se escuchaba el ruido del mar, seguro que cerca había vacas. Mientras me encaminaba a las luces me crucé por algunos praos con montones de vacas… esta gente debía ser increíblemente rica.

—Esta es la zona— me dijo al girar su carro y llegar a una calle atestada de gente, letras luminosas en los edificios, chicas con faldas que apenas les tapaban el sexo, más carros como en el que íbamos, música, gritos, ¡una pelea! se ve que la gente ebria actúa igual, no importa el momento. 

Tras pasar “la zona” dimos un par de giros más y paramos —Ya hemos llegado, bienvenida a mi casa— Me quedé con la boca abierta, era un edificio enorme de “5, 6, 7 ¡Siete alturas tiene!”. Tras salir del carro me invitó a pasar por una entrada de mármol blanco que tenía un espejo enorme, era algo digno de los más grandes palacios.

Al mirar mi reflejo vi mi cara, mis pies y mis manos cubiertas de barro, “espero que tenga un pozo, porque voy a necesitar mucha agua” pensé.

Me invitó a pasar a una habitación muy pequeña, sobretodo comparada con esa entrada monumental. La puerta era corredera y se cerró sin que nadie tirase de ella. De repente noté una sensación extraña en el estómago y un mareo tal que me agarré a él. —¿No te gustan los ascensores? Luego bajaremos por las escaleras mejor.

Al pararse la sensación se abrió la puerta de nuevo y nos encontramos ante tres puertas en lugar del mármol blanco “¿Qué tipo de magia es esta?”. Él abrió una y me dijo con una sonrisa de oreja a oreja —Bienvenida a mi humilde hogar— mientras todo se iluminaba como si esas palabras hubiesen sido un hechizo. Estaba claro que su concepto de humilde y el mio no eran el mismo.

—¿Quieres tomar algo?

—Sí, un poco de agua, por favor.

—Tengo cerveza, vino, vodka, whisky, ron…

—Agua sólo, gracias.

En ese momento tomó un vaso ¡de cristal! y lo acercó a un sitio que empezó a echar agua. ¡Tenía una fuente en mitad de su casa!