Semillas de vida

Hace muchos, muchos años, cuando la tierra era toda ella un terreno yermo, sin atmósfera, sin vida… llegaron unos extraterrestres y plantaron unas semillas de vida. No sólo lo hicieron aquí ya que estaban experimentando y también sembraron en Marte y en otros planetas de la galaxia. Su propósito era saber como de importante era la variedad para los ecosistemas. En Marte solo pusieron un tipo de semillas, pero en la Tierra desplegaron montones de variedades distintas: unas para el mar, otras para las tierras altas, otras para los humedales, otras para las riberas de los ríos… En el experimento del sistema solar les quedó claro que para que la vida progresase tenía que haber variedad y especialización, porque no es lo mismo un haya, que un roble, que una encina, aunque todos vengan y nos den bellotas. Ahora es tiempo de que lo aprendamos los humanos.

Mastodon

Parecía buena persona, siempre saludaba en la escalera y ayudaba a subir las bolsas a los más mayores. Eso es lo que decían todos de Tomás: era todo un señor.

Lo que no sabían era que Tomás tenía un lado oscuro, algo que a todos les habría hecho estremecerse y apartar la mirada al cruzárselo. Es lo que suele hacer la gente con las cosas que no entiende.

Tomás llevaba una doble vida, por la mañana era un tipo formal, muy correcto, pero al llegar a casa…

Al llegar a casa se despelotaba y calentaba algo rápidamente en el microondas pues no tenía tiempo que perder.

En su otra vida Tomás era Mastodon un tanque, ¡un TOP! Su equipo le necesitaba para defenderlos de los más duros ataques. A veces, al entrar en batalla no podía reprimir los gritos de furia que como a los antiguos guerreros le ayudaba a combatir el miedo de la cercana muerte.

¿Quién podría imaginar que Tomás, ese buen chico, casi un tirillas, tímido y amable, siempre educado que nunca se metía en problemas, en otro mundo era uno de los guerreros más grandes y temibles capaz de soportar el ataque más salvaje? ¿Quién podría imaginar que él era el famoso Mastodon que había aguantado ataques de los más grandes Bosses?

Él lo sabía y con eso le bastaba, pues Tomás no necesitaba reconocimientos y para él su equipo, su clan, era su familia… o la de Mastodon, no había diferencia.

Con frecuencia, de camino al trabajo se imaginaba cómo sería caminar por las calles como Mastodon con sus compañeros a su lado, enfrentándose juntos a los peligros del mundo. Se enfrentarían a los temibles y poderosos corruptos e irían de raids por los barrios más peligrosos de la ciudad.

Un día, mientras caminaba viéndose como Mastodon vio un gatito en mitad de la carretera, justo en el carril bus mientras esté se acercaba. Sin pensarlo echó a correr y rápidamente cogió al gatito. Podría haber saltado e intentar esquivar el bus, pero el era Mastodon ¡el mejor tanque! Su instinto le pudo y paró en seco protegiendo con su cuerpo al gatito mientras soltaba un poderoso grito de furia de esos que espantan a la muerte…

Unos días después la noticia había corrido por todos los servers, todos los que alguna vez habían luchado a su lado se juntaron en un canal de Discord para ver juntos sus mejores jugadas y compartir anécdotas en su honor.

Alguien había hackeado su usuario y le puso AFK. Más de uno tuvo que cortar el micro para que no se escuchasen sus lagrimas.

Todo su clan decidió que cada uno adoptaría un gatito y todos le llamarían Mastodon, para tenerle siempre cerca y vigilante cuando combatieran.

Don Tomás, todo un señor. Mastodon, todo un guerrero. Ambos combatieron, cada uno en su mundo, compartiendo sueños y cerebro.

Las hermanas del bosque

Hace muchos muchos años, antes de que mis abuelos nacieran, incluso antes de que sus abuelos o los abuelos de sus abuelos… uy, cuánto lío.

Volvamos a empezar:

Hace muchos años, antes de que naciera ningún rey, y antes de que nadie dijera “esto es mío”, en los verdes montes del norte cuidaban de los bosques las anjanas.

Las anjanas vigilaban que nadie se aprovechara de los bosques más de lo que necesitase.

Con ayuda de sus poderes premiaban a los que hacían las cosas bien y castigaban a los que las hacían mal. 

Solían vivir cerca de los ríos y casi siempre vigilaban sin que te dieras cuenta. Podían tomar cualquier forma: a veces se hacían pasar por señorucas muy mayores y otras por jovencitas lavanderas, otras por árbol, por loba, por pajarillo o por ardilla. ¡Nunca sabías si una anjana te estaba vigilando! 

Lo mejor era (y es) portarse bien en todo momento y tratar a la gente y a los habitantes del bosque con todo el cuidado del mundo. Cómo te gustaría que te tratasen a ti.

En uno de estos bosques, el que se encontraba más cerca de la capital del mundo… porque toda la gente sabe que la capital del mundo está entre los verdes montes del norte…  aunque eso es otra historia para ser contada en otro momento.

En uno de estos bosques, entre unas rocas salía agua como si fuera magia. 

Ese agua o esa magia formaban un río al que las personas le han dado muchos nombres y ahora mismo lo llaman Asón

En ese bosque, cerca de esas rocas y de ese agua que formaba un río bajando tranquilamente por la pared de la montaña, había una cueva en la que vivían dos anjanas hermanas.

Quien no las conociera diría que eran idénticas salvo porque una tenía el pelo dorado y la otra plateado. 

La gente de la zona las llamaban la hermana rubia y la hermana blanca y, como sí las conocían, sabían que los castigos más ingeniosos y divertidos se le ocurrían a la hermana blanca.

La rubia era un poco más seria y sus castigos y premios no eran tan imaginativos pero tampoco tan pesados.

Por eso, cuando alguien les hacía la puñeta siempre respondían con un “¡que te castigue la hermana blanca!”, mientras que si eran ellos los que habían hecho alguna cosa reguleramente pedían perdón a la hermana rubia.

Por ejemplo, a un mozo que no se había comportado muy bien en la última feria de la capital del mundo, cuando llegó la siguiente y se fue a poner el traje de las ferias se encontró con que tenía las mangas de la chaqueta cosidas a los laterales, así que tenía que elegir entre pasar frío o no mover los brazos.

Sin embargo, a un pastorcillo que nunca se levantaba a su hora para ir a atender a los animales, la hermana rubia le despertaba dándole un grito sin más, pero seguía quedándose dormido casi todos los días, hasta que un día la hermana blanca se lo llevó dormido como estaba y sin más lo tiró al río que estaba helado. Del susto que se llevó, empezó a levantarse con el primer susurro que escuchaba, no fuera a venir la hermana blanca para tirarlo de nuevo al río.

Ahora bien, la hermana blanca, tan creativa como era, a veces dejaba volar su imaginación y hacía algunas trastadas que a los que las sufrían les parecían muy pesadas y ella se reía mucho cuando veía como se enfurruñaban. 

Lo mismo le daba por despertar a los gallos por la noche para que empezasen a cantar, como ataba a las vacas por el rabo y luego era un lío tratar de soltarlas. 

A veces tapaba las chimeneas para que se llenase todo de humo, o cambiaba los caminos para que fuesen en dirección contraria y te perdieras un rato antes de volver de nuevo al principio.

Así que la gente, aunque le pedían ayuda para que les defendiera, también se enfadaba cuando les tocaba sufrirla.

Su hermana la regañaba, le decía que no podía gastar bromas tan pesadas, que una cosa era castigar a la gente, pero otra hacer que se acordasen de ella para siempre. 

Sin embargo la hermana blanca siempre le contestaba que era mejor una buena broma pesada y que aprendieran la lección de golpe y porrazo, que tener que estar repitiéndoles las cosas sin que hicieran caso.

Una noche, para que probase de su propia medicina, la hermana rubia decidió gastarle a su hermana una broma digna de ella. 

La cogió mientras dormía y se la llevó a las piedras donde nacía el río y allí dijo un conjuro que la convertiría en piedra tapando un poco el agujero por el que salía el agua, haciendo que saliese más fuerte y así su hermana notase la molestia.

Igual que cuando tapas con la mano un grifo y un chorro te da fuerte en la cara.

El conjuro convirtió toda su carne y sus huesos en piedra, pero no el pelo que añadido a la fuerza del agua, salió disparado por la ladera de la montaña y formó una cascada plateada por cuyos cabellos goteaba el agua.

Cuando se corrió la voz, algunos inocentes intentaron conseguir la plata de su cabello, pero en cuanto lo tocaban con las manos se convertía en agua, así que enseguida los vecinos la comenzaron a llamar Cailagua, porque agua era lo único que caía, y cuando veían un visitante encaminarse allí le seguían de cerca para reirse viendo como intentaba conseguir la plata del cabello de la hermana blanca.

Tras unos meses, que en tiempo de anjana no es tanto ya que ellas viven muchísimas vidas de humanos, la hermana rubia se dispuso a sacar a su hermana de aquel tormento de no poder moverse mientras el agua chocaba contra ella. 

Sin embargo, se asustó al estar junto a su hermana convertida en piedra. No conseguía recordar el conjuro de desencantamiento ¡qué horror! 

Probó con todos los conjuntos, palabras mágicas, refranes, rimas… todo lo que se le venía a la mente lo probaba, pero su hermana seguía siendo de piedra.

Muy apenada se fue a su cueva sin poder parar de llorar y sin saber qué hacer. 

Todas las personas del valle oían sus lamentos desconsolados y aunque normalmente nadie se atrevía a acercarse a la cueva de las anjanas por miedo a enfadarlas, una señoruca de esas tan ancianas a las que todo les puede dar igual porque ya han vivido tanto que no le tienen miedo a nada se acercó a ver qué ocurría.

Tras un buen rato de intentar descifrar las palabras ahogadas por el llanto de la anjana, la señoruca consiguió por fin entender lo que había ocurrido.

  • Ay hija, buena la has preparado, no me extraña que llores tanto. Lo que pasa es que la pena te debe de estar atontando así que suenate y párate a pensar, porque estoy segura de que si yo sé dónde puedes encontrar la solución, tú que has vivido muchas más vidas que yo también tienes que conocer la respuesta.

La anjana tomó el pañueluco que la anciana le acercaba y la intriga hizo que su llanto se parara casi en seco. Miraba a la señoruca con una cara interrogativa que descubría una duda enorme… ¿a qué demonios se estaba refiriendo esa paisana?

  • No me mires con esa cara, hija. Brenavinto, en Brenavinto tiene que estar por fuerza la respuesta.

¡Claro! ¡Eso era! Rapidamente se puso en pie llena de esperanza y alegría, y entre exclamaciones llenó de besos y bendiciones a la anciana a la que incluso ofreció volverla joven de nuevo, aunque la anciana lo rechazó.

  • Gracias, pero no querida. Yo ya he vivido lo mío, he tenido una buena vida hasta que mi Laro se murió, y ahora es el turno de nuestros hijos y nuestros nietos, son ellos los que tienen que vivir ahora. Tú marcha cuanto antes, que ya sabes lo difícil que es encontrar el lago, y pierde cuidado que mientras tú no estés todos los del valle nos encargaremos de cuidar del bosque y de tu hermana. Nunca dejaremos que les hagan daño.

La anciana tenía razón, el lago de Brenavinto era un lago mágico que tan pronto aparecía como desaparecía, así que era difícil de encontrar porque si te despistabas pasabas por el sitio en el momento en el que no estaba y a tus espaldas reaparecía casi como haciéndote burla.

Todo este follón con el lago era porque en el fondo del lago hay un palacio. 

En ese palacio se encuentra la mayor biblioteca que el mundo haya visto o verá en su historia. 

Más que la antigua biblioteca de Alejandría que se quemó por culpa de los hombres, e incluso más que esa Internet que llegaría dentro de muchos cientos de años. 

En Brenavinto están todos los libros que se han escrito y todos los que están por escribir, así que allí se fue la hermana rubia para buscar, entre todas las palabras escritas en todos los libros durante todos los tiempos, las palabras mágicas que sacasen a su hermana del encantamiento.

Hasta hoy por lo menos, no las ha encontrado y cuando aparece el lago de Brenavinto, si se mira con atención al fondo, se puede ver a la hermana rubia por una de las ventanas de palacio rodeada de montones de libros.

La anciana contó a sus vecinos lo que había pasado y entre todos se encargaron que siempre se protegiera el bosque y a la hermana blanca cuya melena sigue lanzando el agua desde lo alto de la montaña.

Puede incluso, que no haya encontrado las palabras porque aún nadie las haya escrito en un libro.

Quizá si tú que lo lees pruebas a ayudarla, consiga liberar a su hermana. ¿Cuáles crees que pueden ser las palabras que liberen a la hermana blanca? Escríbelas aquí, quizá tengas suerte y, si lo logras ten por seguro que las hermanas te premiarán y te darán muchos regalos.

La última bruja

13. Deva

En cuanto sonó la explosión, esperé unos segundos para que el humo se alzara y me adentré en la hoguera. Tapé a Madre con la manta que usaba como capa y le susurré al oído —calma madre, voy a liberarte—. Le desaté las manos y salimos en dirección contraria al Inquisidor y al Verdugo.

Luego corrimos y corrimos hasta que llegamos a la cueva. Le planteé las opciones a madre y juntas nos adentramos en la oscuridad. Ella tropezó con la vasija que estaba allí muy bien plantada por mi anterior yo, ahora convertida en piedra, y se asustó. Le tranquilicé: como no sería suficiente para las dos, había preparado una nueva. La bebimos, nos acurrucamos en otra esquina de la cueva y pronunciamos a la vez el conjuro, esperando despertarnos en un mañana distinto.

14. Inquisidor

Si no lo hubiese visto con mis propios ojos, no lo habría creído y habría hecho azotar a quien me lo contase. El diablo en persona había aparecido en la hoguera, abrazó a la bruja y la hizo desaparecer. Se ve que esta bruja sí que era de verdad.

FIN

La última bruja – VI

11. Deva

Estaba escondida en una esquina, con una manta a modo de capuchón y capa. Chorreaba agua y solo esperaba que mi plan funcionase porque no habría otra oportunidad: o nos salvávamos las dos, o moríamos las dos.

Ya se escondía el sol, y en un momento dieron comienzo a la ceremonia trayendo a la hereje y atándola a un tronco que había en mitad de la plaza con leña y sarmientos debajo. Me costó retener un chillido al ver a madre encorvada por el dolor y ensangrentada.

Una vez atada el señor Inquisidor hizo su pantomima de juicio divino y le preguntó a mi madre si se arrepentía. Ella siguió callada como había estado todo el tiempo y el Inquisidor rompió el silencio con un: —¡Prendedla!—.

Esa era mi señal, estaba preparada y lista, me cubrí la cara y agarré fuerte el cuchillo.

Madre me pidió perdón aunque era imposible que me hubiera visto. La mezcla de rabia y miedo me hacía temblar todo el cuerpo. De pronto: ¡pufss! Era el momento.

12. Anjana

Aún no entendía muy bien lo que había pasado, pero iba de la mano de Deva corriendo a escondernos del Inquisidor. tenía tantas preguntas que hacerle a mi Deva.

Para cuando llegamos a la cueva no me quedaba resuello y las preguntas me aturullaban la cabeza… Deva ya no parecía ella, tenía una confianza y una calma que no le había visto nunca, estaba claro que algo había cambiado en ella.

—Sé que tienes preguntas, pero ahora es muy importante que me atiendas porque tenemos que tomar decisiones muy rápido. El hechizo no nos iba a llevar a otro lugar, sino a otro tiempo.

—Lo sé.

—Uff, pues que respiro, pensaba que te habías equivocado y eso nos pondría en más apuros.— Me dijo mientras entrábamos a la cueva y me señalaba las cenizas del Libro.

—Ahora tenemos que decidir si nos vamos a ese tiempo en el que todo es de lo más extraño, o si nos quedamos, pero sea lo que sea lo haremos juntas—.

Estaba claro que mi niña, mi pequeña Deva, otrora tan delicada y tímida, se había convertido en apenas unas horas en una mujer fuerte y decidida.

—Aquí estamos bien. Si viene gente les veremos llegar. Cuéntame qué te ha pasado, ¿cómo lo has hecho?

—Por mis ropajes supongo que sabrás que he estado en ese tiempo en el que todo es distinto. Tienen relojes de bolsillo, carros sin caballos y fuentes en las casas ¡Todo el mundo es rico! No hay hambre, y en todos lados hay una música estridente que tapa el ruido de las olas.

Sé que te prometí que cuidaría el Libro, pero tenía que deshacer el hechizo para poder volver a buscarte, no quiero estar en ningún sitio sin ti—.

Deva sabía perfectamente que había una forma de deshacer cualquier hechizo. Si quemabas el Libro mientras pronunciabas un hechizo que hubieses hecho en el último día, este se deshacía. Siempre que habíamos hablado del tema, le forcé a prometer que nunca lo haría, pues el conocimiento que guardaba el Libro era el único legado que podía dejarle. Sin embargo, se ve que sin Libro se las había sabido apañar, al menos lo suficiente como para librarme de una muerte agónica.

—¿Y lo de la hoguera? ¿Cómo lo has hecho sin el Libro? porque viendo que no nos ha seguido nadie, tu plan ha debido de salir perfecto.

—¡Eso ha sido fácil! Lo peor fue tener que esperar el momento. Esta mañana, mientras daba vueltas a la hoguera simulando que rezaba el rosario por tu redención, oía tus gritos y no podía hacer nada más que seguir con el plan. Era muy sencillo: al volver del futuro me fui hacia la torre de Don Diego; varios de los que ahora la protegen y vigilan la mar lo hacen gracias a que les curé en su día, por lo que no fue difícil convencerles de que me diesen una bolsa de pólvora que esparcí por la zona de la hoguera entre Ave María y Ave María; luego me empapé entera en agua antes de que te llevaran a la hoguera, y el resto ya lo sabes.

—Vaya, has aprendido a hacer magia sin magia— sonreí.

La última bruja – V

9. Inquisidor

Llevaba toda la noche y parte del día torturando a esa bruja cuando me di por vencido —quizá quieras hablar cuando las llamas laman tus pies— le susurré al oído. Me escupió su sangre a la cara y me dijo que no le importaba morir porque sabía que la magia le sobreviviría, que las gentes sabían que era buena por mucho que le pintasen de mala y que por mucho poder que tuviera eso no lo lograría borrar nunca.

Estaba claro que estaba suficientemente entera como para poder ir consciente y caminando a la hoguera, quería dar un buen espectáculo esa noche y usarla como declaración de intenciones para dejar claro que la Iglesia manda y ni la más famosa bruja de la comarca puede nada contra ella. “Los gritos de esta hereje resonarán en las almas de todos los infieles”, pensé.

10. Anjana

Había intentado contener los gritos de dolor y las lágrimas todo lo que pude, pero al final tuve que dejar escapar aullidos desgarradores. 

No sabía que hora era, aunque me parecía que llevaba atada a esos aparatos que se había traído el amable Inquisidor para disfrute de los herejes toda una eternidad. 

“Espero que Deva haya podido escapar, seguro que sí, si no sería a ella a la que estarían torturando para que yo hablase”. Siempre fue muy obediente y las instrucciones que le había dado eran muy claras en caso de separarnos, así que fuese la hora que fuese ya no estaría aquí, o mejor dicho: ya no estaría ahora.

Por el movimiento de la luz que entraba por un pequeño tragaluz que daba a la calle, diría que habían pasado 5 o 6 horas desde que el Inquisidor se rindió, y ya sabía lo que tocaba a continuación. Me intentaba mentalizar para mostrarme fuerte, para mostrar a las gentes que se puede resistir a las maldades de la Inquisición.

Cuando la luz empezó a perder intensidad supe que ya había llegado la hora.

La última bruja – IV

7. Pablo

Durante el viaje, no había hablado casi nada. Miraba a todo con los ojos muy abiertos, y tenía siempre una expresión de querer hacer una pregunta  sin atreverse. No sé si estaba loca o tenía cierto retraso, en cualquier caso no la quería para debatir. Era guapa y estaba buena, no necesitaba más.

Al llegar a casa le dejé que tomase un poco de agua. Le dije que podía dejar el Libro sobre una mesa, que nadie lo tocaría y en cuanto la tuve sentada en el sofá me lancé a por su boca. Ella se intentó echar hacia atrás pero el respaldo no le dejaba, me empujaba pero no podía conmigo, me clavó sus uñas. Le di un poco de respiro y la pregunté qué le pasaba, si ya sabía a lo que había venido. —Perdóneme, Don Pablo, quizá he malentendido algo, pero aún soy doncella y no es el momento de cambiar eso—. Que Don, ni qué niño muerto. Íbamos a follar quisiera o no, así que volví a besarla  mientras la sujetaba las manos y echaba todo el peso sobre ella. No obstante , con dificultad, giró la cara y dijo en alto —Forzar doncellas no es bueno, conviértete en sapo hasta que una te de un tierno beso— y entonces —croac—.

8. Deva

¡Le tuve que convertir en sapo al mozuco! Eso por ser muy echao pa lante, ¡que aprenda la lección!

Al final este tiempo, con todas sus maravillas, seguía teniendo sus pegas.

Esta situación tan violenta me hizo pensar en mi madre, en lo que estaría sufriendo si le hubiese cogido la Inquisición. Tenía que ayudarle, pero no sabía cómo. Tendría que volver atrás, eso estaba claro, y luego ver qué hacer para liberarla.

Primero empecé por asearme en la fuente dejando mi vestido sucio y me puse las ropas del mozuco-sapo, que habían quedado apiladas en el suelo. Me fascinaron lo cómodas que eran. Luego tomé el Libro para ver si el hechizo que me había traído hasta este ahora, podría llevarme de vuelta a aquel ahora… Nada servía para viajar al pasado, así que solo tenía un modo de revertir el hechizo, aunque madre me hizo prometer muchas veces que nunca lo usaría.

Salí del edificio (esta vez por las escaleras), crucé la zona (esta vez sin admirar nada, enfocada en mi meta) y puse dirección a la Cueva de las brujas, casi corriendo, sin pensar más que en ir al rescate de la mi madre.